Aquí una opinión

¡Esos ojos que hablan!

23.02.2016 | 02:00

Los periódicos han publicado el último caso conocido de maltrato animal: una veintena de tiparracos que han mutilado orejas y rabos a cientos de perros con navajas, sin anestesia y en pleno campo, produciéndoles heridas que pueden tardar años en cicatrizar, con el fin de ahorrarse el dinero que les hubiese costado la operación en una clínica veterinaria y contando, además, con la supuesta (¡no olvidemos la exigencia de ese participio, que estamos en un país muy legal!) connivencia de unos veterinarios que se prestaron, más tarde, a falsificar los permisos de la salvajada.

Aunque la mayoría de estos despreciables se negó a declarar, en privado alegan ¡como machotes! que semejante crueldad es una "tradición que se ha llevado a cabo toda la vida", lo que me permite a mí sentir lástima por tanto mal empleadito espermatozoide€ hay cobardes argumentos justificativos de delitos, que no llegan ni a metonimia, simplemente porque sus primarios ejecutores no son capaces ni de deletrear la palabra. La brutalidad suele estar asociada a una comprensión en tinieblas, océanos de ignorancia demostrativa del retraso intelectual y humano de nuestro país, que percibo reflejado en los rostros de los que participan, auspiciados por medrosos ayuntamientos, en tanta "tradición cultural" como es tirar pavos desde un campanario u obligar a caballos a saltar sobre hogueras.

Luna (la westie) es fan del Parque de La Vega en La Laguna, pasión que no comparto por la degradación y suciedad tanto en instalaciones como en jardinería (y añadamos la falta de civismo en la recogida de los excrementos, quizás por aquello, no justificable, de que "con lo guarrindongo que está, para qué molestarse").

Desde hace unos días, su veterinario le ha prohibido acudir a olisquear el arbolado de "su" Parque de La Vega, debido a que anda por ahí un virus originado por la falta de lluvia y la suciedad. Durante el primer paseo después de esta imposición veterinaria, cuando Luna (la westie) comprobó que se le había llevado a otro lugar distinto, me miró. Y ustedes dirán que los perros no hablan pero yo les prometo que en aquellos ojos estaba clavada la pregunta ¿por qué? con el mismo grado de nostalgia del abuelete al que quitan su copita de vino en las comidas "por prescripción facultativa". Me sentí tan avergonzada que aparté la vista. Y recordé, aún siendo situaciones completamente distintas, la noticia de las mutilaciones de los cazadores en Andalucía y de una de las fotos publicadas: la mirada de uno de los perros al que habían seccionado el rabo con navajas y que presentaba incontinencia urinaria debida al temor por el maltrato recibido. Unos ojos que traspasaban el entendimiento racional y que cualquier biennacido entendería como un ¿por qué? alguien que, como decía Goncourt, hubiese caminado "el más largo aprendizaje", que es "es aprender a ver".

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