La Ciprea

Las opiniones

15.02.2016 | 23:39

M e dice una lectora que soy políticamente incorrecta. No sé si lo dice como una crítica negativa o positiva hacia el artículo que acaba de leer. Es lo normal cuando te enfrentas a criterios ajenos: que los pongan en tela de juicio. Para eso están y para eso los escribimos. Creo en las opiniones. Creo que deben existir y los lectores tienen su derecho a leerlas y a opinar a su vez. Yo también las leo y luego pienso sobre ellas. Con unas estoy de acuerdo, con otras no. Unas me gustan y otras no. Pero defiendo el hecho de opinar de cada uno. Creo que debemos opinar, discutir, debatir y llegar a conclusiones lo mismo a nivel particular que a nivel de grupo. Las opiniones son libres, cuestionables, debatibles, perecederas y movibles. Opinar es dar a conocer tus pensamientos y que los demás los conozcan y luego puedan rebatirlos o admitirlos. Opinar no es imponer una idea; es expresarla en el recuadro de un papel o en una pantalla y dejarla ahí colgada del aire, indecisa y temblorosa, a ver qué pasa, qué opina el que te lee, el que te escucha; qué rechaza y qué acuerda contigo.

Una opinión no es un aserto indestructible que nadie puede tocar. Sería inútil y poco enriquecedor si así fuera. Una opinión es una propuesta que espera anhelante las respuestas y de nuevo una réplica y una nueva aportación y otra más. Y así avanzar en el conocimiento y el descubrimiento de la verdad. Vivimos malos tiempos para el debate aunque parezca lo contrario por la cantidad de ellos que aparecen en los medios de comunicación. Los lectores no tienen tiempo suficiente para leer todo lo que la prensa escrita ofrece y los telespectadores no dan a basto. Hay quien se ha hecho adicto y va de un canal a otro como un poseso debatiendo a su vez con los entrevistados y con los entrevistadores. Los políticos entran en algunos de ellos para criticar a los demás, y los periodistas se colocan en determinados frentes para defender siempre lo mismo. Con lo cual, no avanzamos, solo recibimos información acalorada de los invitados al festín.

Y no creo que sea ese el camino. Sería más enriquecedor si uno opina, el siguiente le rebate con otra opinión y así uno tras otro hasta llegar a una última conclusión elaborada entre todos. Enrocarse en una tesis determinada y no querer salir de ella aún sabiendo que la opinión de tu adversario es correcta y razonable, solo conduce al fracaso de lo que defendemos. Es la muerte de la dialéctica más pura. Del diálogo en su más pura esencia. Lo demás es volver a la oscuridad y la sinrazón.

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