De aquí y de allá

El disfraz

11.02.2016 | 02:00

J amás me disfracé si omitimos cuando mis padres me presentaron a los tres años, con ropaje de aviador, a un concurso infantil. Sin embargo, sin embargo... una noche, aquí, en el carnaval, acaeció un episodio que me crea no pocas dudas de si fue, en verdad, la única vez... Verán, todo empezó así:

A las tres de la madrugada suena la alarma del despertador. Debo desplazarme hasta el centro de Santa Cruz a recoger a mi hijita frente a la Alameda. No debo descender del coche ni siquiera detener el motor. Me dirijo, pues, directamente al garaje, sin cambiarme, sin refrescarme ni peinarme, con el pijama, con las mismas zapatillas, adormecido, dispuesto a no desperezarme, para una vez de regreso no se me haya espantado el sueño.

Hete aquí, sin embargo, que me encuentro con la novedad de que el centro de la ciudad, a la altura de El Corte Inglés antiguo, está cerrado por primera vez al tránsito de vehículos. Debo buscar por consiguiente un aparcamiento e ir a pie hasta la Alameda... ¡Pero, no puedo, estoy en pijama, con zapatillas, pansido, despeinado, legañoso! ¡Y un pijama de seda, de estos chinos, rojo como los labios de una furcia, el capote de un torero o el reflejo de un semáforo!... Mientras maldecía al aire mi mala suerte, me llegaba por el mismo conducto la posibilidad de una posible solución... una solución que sopesé atentamente.

Consistía el plan en recorrer el kilómetro que distaba el parking de Ramón y Cajal de la Alameda, a pie, en pijama... ¿Quién podría afirmar que no iba disfrazado de durmiente? ¿Quién podría asegurar que estaba recién levantado?... Nadie... Me encaminé, pues, decidido hacía mi objetivo, procurando pasar lo más inadvertido posible. Atraía sin embargo las miradas... Había una pincelada significativa en el disfraz: mis sesenta años, de entonces, denunciaban que el enrevesado pelo era producto de la almohada no de la farra de turno, el sueño lo llevaba esculpido impecablemente en mi mohíno rostro, las zapatillas diré sólo que eran genuinas, en fin pinceladas incorpóreas que propulsan a un disfraz, más allá de la ficción... hasta el mundo real.

-¡Tú te has levantado porque no te dejamos dormir!- dijo una voz chillona durante el recorrido, secundada por otra sibilina.
Una vez en la Alameda aseveraron la misma afirmación y lo volví a negar por tercera vez, lo mismo que San Pedro el Jueves Santo.
Mi hija todavía me lo recuerda como si fuera el gallo de la pasión.
¿Iba o no disfrazado?... Esta es la cuestión
florenciohdez@hotmail.com

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