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Rincones del Atlántico

10.02.2016 | 02:00

U n día apareció cargado de ilusión tras aquella pequeña sonrisa en la que se mezclaba un ápice de ansiedad, construyendo una utopía en una sociedad devorada por la corrupción y dejando a un lado la fatalidad de quienes no luchan por sus sueños y solo saben quejarse y culpar a otros de sus fracasos cuando nunca han comenzado nada. Todo su mundo giraba entorno a noticias de periódicos, viejas fotografías cuarteadas en blanco y negro donde los ojos no daban crédito a lo que tenían ante ellos, y libros -con páginas aún sin guillotinar- condenados al silencio y al olvido porque nadie los difundió lo suficiente para formar parte de nuestro acervo cultural.

Pude observar esa chispa en los ojos de quien vive más allá de la ilusión, y aquella utopía tomó forma gracias a Daniel Fernández Galván, al cual tuve la suerte de conocer cuando todo era un ambicioso proyecto acurrucado en pequeñas palabras, que salían con cautela de sus labios para no lanzarlas a los cuatro vientos, siempre inmerso en su lucha particular contra el tiempo con el fin de consultar la máxima cantidad de documentos, a partir de los cuales alimentar a una criatura rodeada de tanto cariño y ternura como una embarazada que durante nueve meses ha hecho lo propio con su hijo en su vientre, regalándole su tiempo y sus mejores deseos, todo bajo un futuro incierto.

Así nació la revista Rincones del Atlántico, un referente tanto por la calidad de su formato como por su contenido, cuyo nombre es un guiño para transportarnos a distintos espacios de nuestra insularidad en los cuales se mezclan desde la arquitectura tradicional hasta paisajes cargados de fuertes reminiscencias al pasado; para mostrarnos accidentes geográficos y calles empedradas, que ahora tienen rostro, causando admiración y vértigo en quienes los contemplan; y para divulgar los lugares ensalzados previamente por geógrafos, naturalistas y escritores a través de sus trabajos de investigación y multitud de textos, atraídos por ámbitos casi intactos y poco antropizados, solo al alcance de los ojos de unos pocos, allí donde se combinaba el sacrificio diario de muchas familias para sobrevivir en el campo a costa de partirse las espaldas con zonas prácticamente vírgenes.

Esta revista no se gestó como un instrumento de protesta frente al deterioro y la degradación que sufre desde hace tiempo el territorio; todo lo contrario. En ella destaca la defensa y difusión de la naturaleza y sus valores como un bien común irremplazable, pero también potenciado su disfrute de manera coherente, en la que el arbolado juega un papel central tanto por la variedad de especies que crecen como por su importancia histórica dentro de la formación de sus ricos paisajes y el conjunto de beneficios para la sociedad. Pero esta idea va más allá al constituir la base para comprender que tenemos a nuestro alcance ese territorio milenario tan frágil como único, donde el asilamiento geográfico de distintos núcleos de población ha configurado sitios con unas características especiales que van más allá de las propias del Archipiélago.

No obstante, también es una seria advertencia a la pérdida de nuestra idiosincrasia, usos y costumbres que han desaparecido o corren el riesgo de hacerlo, espacios vencidos por el yunque mortal de la especulación urbanística y cuyo dolor apenas mitigaremos, precisamente, a través de esas viejas fotografías publicadas en esta revista para hacernos reflexionar sobre nivel de destrucción de las Islas, la necesidad de replantear modelos de conducta para garantizar un desarrollo más sostenible y estimular la recuperación -cuando no la creación- de lugares y elementos integrados en él. Sus páginas se alimentan de reminiscencias de quienes conocieron y aprendieron de ese contexto llamado Canarias, un bloque tan frágil como único.

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