Tribuna abierta

Su lucha es la nuestra

09.02.2016 | 02:00

M e pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la desesperación". Se cuestionaba así Santiago, el protagonista de El Viejo y el Mar, la célebre obra de Hemingway, sobre el pez espada que había mordido, por fin, su anzuelo y que no estaba dispuesto a soltar.
Desesperación es un sustantivo con mucha frecuencia ligado a la mar que tanto amamos en Canarias, que ha sido -y es- para nosotros sustento y camino de ida o vuelta. Y, desesperación es, precisamente, lo que deben sentir las mil doscientas familias canarias que viven de
la pesca del atún y a las que el Gobierno del Estado les ha negado, una vez más, la posibilidad de ganarse la vida que sus esfuerzos merecen.

Quien ha tenido que buscar en la mar la comida de cada día sabe que es de todo, menos trabajo fácil. Es lo más alejado de una existencia regalada y tranquila. El que sale a la mar a faenar no sabe nunca si regresa, ni en qué condiciones. "El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel". No es literatura, ojalá lo fuera. Esa dureza, ese esfuerzo es el que asoma a los ojos de Fernando, el que se ve en las manos curtidas de Manuel y en las historias que cuentan cada uno de los pescadores que, de manera artesanal, sigue saliendo, cuando se
puede, a coger pescado en cada una de las ocho islas. En esas historias hay sudor, esfuerzo, el hombre en la eterna lucha para salir adelante.

Es una realidad repetida en Canarias que, sin embargo, parece no entender el Gobierno en funciones. Ha vuelto a suceder y son ya muchas veces. Ha ocurrido de nuevo y no es por desconocimiento de la realidad, ni porque no la hayamos defendido hasta la extenuación. Pero lo cierto es que, persistiendo en el error, se ha cometido un atropello sin justificación alguna contra la flota artesanal canaria, al asignársele la cantidad ridícula de 40 toneladas más de atún rojo para pescar, habiéndose aumentado este año 570 toneladas para todo el Estado y teniendo un solo barco de los que faenan en la Península, más del doble de toneladas asignadas que los 247 barcos de la flota canaria juntos. Por seguir acumulando despropósitos, en el mismo documento que el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente remite a la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico (ICCAT) se promueve la reducción del número de barcos canarios de 247 a 108, dejando la flota autorizada en menos de la mitad. Me pregunto qué idea tiene el Ministerio de lo que significa para esas mil doscientas familias canarias que la cuota de atún asignada se coja en unas horas, quedándose su sustento suspendido y sus esperanzas puestas en que a alguien, en Madrid, en Europa, se le ilumine un día la razón y entienda que no estamos hablando de cosas menores, porque la supervivencia nunca lo es. No dejo de pensar en qué criterio arbitrario pueden haber escogido sus responsables para decidir que, en lugar de reparar los agravios que se vienen repitiendo desde años atrás, van a multiplicarlos, y con ellos la desesperanza de gente que solo quiere poder ejercer su oficio y mantener a su familia de la manera más digna que se conoce. Con sus manos.

En los próximos días solicitaremos en el Congreso la comparecencia de la ministra en funciones, Isabel García Tejerina. Tendremos que recordarle que entre esas funciones, precisamente, está la de procurar un reparto equitativo de una cuota de atún que apenas da para nada, que va a ser recogida en unas pocas horas por pesqueros artesanales, que son, en concreto, aquellos a los que el ICCAT recomienda que hay que primar en el reparto. Paradojas de la vida.

Llegaremos, como siempre, y en apoyo del Gobierno de Canarias y de cada una de estas familias, hasta donde haya que llegar. El esfuerzo diario de ese millar de hombres y mujeres lo merece. Su lucha es, también, la nuestra.

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