La Ciprea

Los disfraces

08.02.2016 | 23:05

C omo diría Chesterton "A algunos hombres los disfraces no los disfrazan sino los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro". Lo pienso siempre que llegan los carnavales y los veo desfilar vestidos de las cosas más peregrinas de un lado a otro por ferias y corralas. Eligen un traje y se lo colocan para aparentar, lucir o representar lo que han soñado ser. Por eso los niños van disfrazados de El Zorro, piratas, duendes o dragones, y las niñas de princesas, hadas o bailarinas sonrosadas. Ellos, ya mayores, se ponen galas de reyes o corsarios o malvados asesinos de afiladas espadas y torvos cuchillos. Y, a veces, de mujeres con grandes senos, anillos y pedrería. Se disfrazan con trajes de brillo y enaguas floreadas, mantillas filipinas y gasas de colores y se pintan descaradamente las mejillas de rojo y las pestañas postizas muy negras para resaltar el brillo ardiente de sus ojos.

Me pregunto por qué. ¿Qué necesidad tienen de mostrarnos ese lado femenino que a todos les inquieta en determinados momentos de su vida? Es como si quisieran decirnos que no, que ellos no son mujeres, que no, que ellos son muy hombres y por eso, vestidos de esa manera tan estrambótica, mostrarnos lo ridículas que nos encuentran cuando nos emperifollamos. Pero no. No lo creo así. Pienso que más bien quieren enseñarnos sus sueños más hondos, sus deseos más impenetrables. Quieren enseñarnos lo que hubieran deseado ser frente a los otros y la sociedad o lo que ellos o nosotras mismas (madres, hijas, esposas y amigas del alma) les hemos impedido ser a fuerza de exaltar su machismo y su falsa virilidad; la manera tan cruel y absurda de hacerles ocultar ese lado femenino que hubieran deseado sacar a relucir de una manera natural, sin afrentarnos.

La otra teoría (mía por supuesto) es que quieran darnos por las narices explicando con su disfraz que ellos lo tienen todo si quieren; y pueden, entre otras nimiedades, apropiarse de nuestra personalidad, de nuestro yo más íntimo, y así despojarnos de lo único que nos queda por salvar: las enaguas blancas de la abuela orladas de delicados encajes traídos expresamente de Holanda para una determinada ocasión, la de nuestro primer baile disfrazadas de inocentes muchachitas, por ejemplo. Aunque luego, con los años, ellas empiecen a disfrazarse de putas que es lo que a los maridos les gustaría que fueran en la intimidad del hogar. Ellos lo agradecen y les sale gratis. Y así los vemos pasear del brazo, tan felices. Ellos de Madame y ellas de trabajadoras a destajo del Gran Salón Oriental. Así, de fiesta en fiesta, hasta que amanece. Como mandan los cánones y como debe ser.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine