Crónicas de la Revo-ilusión 

El Quijote

04.02.2016 | 02:00

E n un lugar del PSOE, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha muchas elecciones que vivía, un político de los de sonrisa abierta, planta de galán, feminista, y piernas de corredor. Un partido de más gallos que polluelos, tuiteos las más noches, congresos y traiciones los sábados, anuncios los viernes, y alguna declaración de añadidura los domingos; consumían las tres partes de su liderazgo. El resto lo ocupaban mítines en camisa clara, zapatos deportivos para las fiestas y calcetines a juego. Los días de entre semana se honraba con traje oscuro y corbata de lo más fina.

Tenía en el partido un ama sevillana, que pasaba de los cuarenta, y una oposición interna, que le quería a su manera. Y tenía un escudero, profesor universitario de campo y plaza, que lo mismo le endilgaba referéndums, que le organizaba a las mareas. Frisaba la edad de nuestro político, con los cuarenta y cinco años. Era de complexión atlética, verbo elegante, apolíneo de rostro y amigo de las izquierdas.
Quieren decir que tenía el sobrenombre de Pedro Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia entre los periodistas que de esto escriben; aunque por tertulianos verosímiles, se deja entender que se llamaba Pedro Sánchez Quijana. Pero esto importa poco a nuestro gobierno: basta que en la investidura, no se salga un punto de la verdadera coalición centrista.

Es pues de saber, que este sobredicho político, los ratos que estaba dando ruedas de prensa, que eran los más del año, se daba a repetir que él iba muy en serio, con tanto esfuerzo y sacrificio, que olvidó casi de todo punto el parecer de los barones, aún confiando en las bases; y llegó a tanto su empecinamiento en esto, que vendió muchas promesas de su programa electoral, para comprar sillones y repartir ministros; y así habló con los soberanistas que pudo convencer; y de todos ellos, ninguno le hizo tanto caso como el famoso Puigdemont, porque la claridad de su catalán, y aquellos intrincados anticapitalistas suyos, le dialogaban de perlas; y más cuando se sentaban a negociar aquellas constituciones federalistas, donde en muchas comparecencias quedó dicho :  la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra independencia.

rafadorta.blogspot.com

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