Tribuna abierta

El gran Michel Daniel

03.02.2016 | 23:42

L as primeras veces que lo vi tomando sus cervezas matutinas en la Terraza Belga, con su melena lacia, sus largos bigotes encanecidos y sus pequeñas y redondas gafas de sol, más pequeñas que las de Lennon, me pareció, su estética lo denunciaba, una suerte de longevo resacado de Woodstock; pero ni se me pasó por la cabeza en ningún momento su condición de escritor clandestino. Una noche volví a encontrarlo en la esquina de otra esquina, en la noche de miles de noches anteriores, muy bebido y parlanchín, con dos dientes de menos, nietos y un largo vagabundear por la última Europa del siglo XX. Criado en Bélgica, de padre francés y madre gitana nacida en Roma, el gran Michel Daniel Lamarque se había ganado bien la vida en los años hippies de su juventud llevando y trayendo importantes fardos de coca entre Francia, Bélgica e Italia, a bordo de coches caros mientras escribía alguno de sus primeros libros, tan alucinantes como el MDMA por el que preguntaba la primera noche de nuestra primera conversación de veras.

Llevaba más de veinte años viviendo en Costa, y ya hace casi un mes que murió en una reyerta ocurrida en el desierto próximo. Los días posteriores a su fallecimiento, ojeé los periódicos sin encontrar nota necrológica ni columna alguna que recordara su vida u obra: una literatura olvidada y secreta de la que él mismo renegaba como lo hacía de su compatriota Jacques Sojcher y su "grosero patriotismo". Después de aquella primera noche, me trajo el ejemplar de uno de sus libros a La Terraza: La hiena de Amberes, esperando mi opinión o un halago consolatorio. Jugaba a sentirse Jean Ray o John Flanders en una adolescencia brillante que sucedió hacía mucho. Aún se creía en la edad y condición de impresionar, y me decía sentirse atiborrado de vida, esa que le trasladaba la visión constante y sensual de las mujeres isleñas: adolescentes, camareras o bañistas.

Vivía de haber olvidado casi del todo su propia biografía, y pensaba que la melancolía es un sentimiento menor, un dolor patético que no podía tolerar. Casi todos los años que pasó en la isla, los últimos de su vida, trabajó como cocinero, explotado y pobre, y en la creencia de que ya no valía la pena escribir, de que nadie leía, y quien lo había leído lo había olvidado del todo.

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