Tribuna abierta

Cuánto pintan nuestras pintas

28.01.2016 | 02:00

R esulta curioso que en pleno siglo XXI, la era de las tecnologías, las comunicaciones y la interculturalidad, sigamos juzgando a las personas por su aspecto físico. Determinar que alguien está más o menos preparado o cualificado para el desempeño de una función por su apariencia es, simplemente, rancio.

Dos cosas han sido las más comentadas en estos últimos días, más incluso que a día de hoy no se haya podido formar gobierno o que un diputado imputado y expulsado por su partido continúe ocupando su escaño y cobrando del erario público, sin que por lo menos haya tenido la decencia de prescindir de determinados privilegios de los que gozan los diputados. No, de esto mejor no hablamos que puede enfadar a más de un amiguete. Mejor hablemos de la poca vergüenza de una mujer que lleva a su bebé al que aún le da el pecho un día a su trabajo. Un día en el que por más que intenten hacer ver que casi cometió un mal tratado a un menor, era un acto festivo, de inicio de legislatura. Bueno, festivo fue, porque los de abajo, los perroflautas, los chiquitos jóvenes, hemos llegado a las instituciones para hacer propuestas de cambio real y aportar nuestro granito de arena.

La otra cosa de la que tanto se ha hablado es de las rastas de nuestro compañero de Podemos y de la Asamblea Ciudadana Lagunera, Alberto Rodríguez. Muy poco saber estar y educación demuestra la campeona del Candy Crush y anterior vicepresidenta del Congreso de los Diputados con comentarios soeces como este.

No nos importa. Las compañeras y compañeros que hemos llegado a las instituciones con ganas de cambiar las cosas no necesitamos ir de punta en blanco ni vamos a renunciar a quiénes y cómo somos para cumplir con unos estereotipos. No, no me voy a poner tacones para venir al Pleno si no me apetece, ni voy a maquillarme o dejar de usar palestina. Pero no porque me parezca mal que quien quiera hacerlo lo haga, sino porque nunca he sido así, no tiene sentido hacerlo y tan solo contribuiría a una sociedad elitista y superficial, en la que la ciudadanía no se ve representada en las y los políticos; además, sería mentir a las personas que nos han dado su confianza. ¿Por qué iba Alberto a quitarse sus rastas entonces?

No se es menos serio o responsable por utilizar tenis en vez de zapatos de vestir, ni se es menos trabajador o competente por llevar tatuajes o piercings. Los que sí, y de forma demostrada, han robado, recortado y asfixiado a la ciudadanía, son personas con corbata, traje y tacones, con bolsos de marca y relojes caros. Es cierto lo que dice Villalobos, algo huele mal y son todos esos pufos de corrupción que han salpicado a su partido, pero ya que ella da lecciones, alguien debería explicarle que las rastas no atraen piojos, si bien las abejas sí se ven tentadas por la miel, esa miel dulce de sobres y casta en la que ella se mueve.

Solo queremos trabajar, proponer, buscar soluciones y mejorar. No nos interesa aparentar ni codearnos con las altas esferas. No vamos a olvidarnos de dónde venimos ni quiénes somos y avisamos que seguiremos siendo como somos: currantes. Continuaremos con nuestras barbas, rastas, chaquetas de cuero, vaqueros y camisetas. Ya es la hora del cambio. ¡Más rastas y menos casta!

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine