Luz de luna

Los asesinatos de Alan y Gisela Mota

27.01.2016 | 02:00

Cada país tiene su registro de la vergüenza en la que se anotan los nombres de aquellos que molestaban por sus ideas, su forma de ser y su comportamiento, un cementerio nominal de la incomprensión alimentado con la sangre de los que murieron violentamente por la decisión de otros, mientras sus familiares, ahogados en el dolor, lloran porque nada recompensa su pérdida. Ser diferente te marca desde el mismo momento en que eliges un rumbo determinado no aceptado por la mayoría, provocando tu exclusión del molde en el cual se trabaja la masa que da pie a la sociedad, esa que actúa y piensa dentro de unos valores y unas características impuestos como norma.

Alan y Gisela Mota lo sufrieron en sus carnes, ya que tenían conciencia de lo que querían y les daba igual que los señalaran porque era la propia sociedad la que debía cambiar; sabían que su camino era el más correcto, acorde con sus principios, y por eso antepusieron su libertad y felicidad frente a cualquier obstáculo que pudieran encontrarse, con el riesgo implícito tanto para sus vidas como para las de sus familiares. Pensar así provocó que los asesinasen, pues muchas aquella responde con la violencia como forma de resolver multitud de cuestiones, de tal manera que solo razona a través de la fuerza bruta o aplicando el derecho a quitarle la vida a otras personas, una sociedad que no entiende de sueños de juventud, lucha por unos ideales, aspiraciones de crecimiento personal, roce y caricias de parejas del mismo sexo, y políticos que no sucumben ante el poder del dinero.

Alan tenía diecisiete años y estaba preso en su cuerpo de hombre; quería salir de esa cárcel en la que se hundía minuto a minuto y, por eso, inició el cambio de hombre a mujer, pero su entorno en Barcelona le estampó el sello de transexual como algo denigrante hasta considerarlo una aberración, un engendro de la naturaleza que había que eliminar. A su lucha por liberarse de esa prisión, se sumó este aplastamiento diario que le asfixiaba, potenciado por chicas y chicos de su edad que se cebaban con él como lo hacen los cobardes, lo que le llevó a suicidarse el 24 de diciembre pasado. Ahora aquellos permanecen protegidos en su anonimato y con el apoyo de sus padres, todos culpables de este asesinato social en una muestra de que la transfobia se ha implantado como hermana del racismo y la xenofobia, auspiciada además por la Iglesia, que también contribuye a la discriminación y los juicios críticos con fines destructivos de la personalidad de homosexuales, lesbianas y los referidos transexuales.

Por su parte, a Gisela Mota se le estampó el suyo con la palabra muerte el día que le dijo a su familia que quería dedicarse a la política. Su madre sabía lo que le pasaría porque la predisposición de aquella chocaba abiertamente con los intereses de quienes garantizan que la libertad de expresión seguirá a la sombra de una utopía ya de por sí inalcanzable. Pertenecía al izquierdista Partido de la Revolución Democrática y la honestidad y un programa basado en luchar contra la corrupción, la pobreza, los problemas medio ambientales y la violencia de género determinaron que a sus treinta y tres años fuese elegida democráticamente como alcaldesa de Temixco (Morelos, México), la ciudad que la vio crecer y en la que el crimen organizado le cerró la boca como escarmiento para quienes aún piensan como ella. El 2 de enero, al día siguiente de ocupar su cargo, unos sicarios entraron en la casa donde residía con su familia; Gisela tuvo el valor de identificarse cuando aquellos preguntaron quién era de entre todas esas personas y, a continuación, la asesinaron a tiros para que la política corrupta de ese país continuase respaldando las desigualdades y el enriquecimiento de los capos del narcotráfico.

Esta pasada Navidad esas dos personas fueron asesinadas porque molestaba su libertad y ahora nuestro próximo objetivo es pasar página para apuntar nuevos nombres.

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