La Ciprea

El acoso escolar

26.01.2016 | 10:08

S iempre lo hubo. Podemos recordar muchas historias de nuestra infancia y de la infancia de otros. Historias de niños acosados, humillados, torturados, encerrados en su miedo y en su desesperación. Niños que había que llevar a rastras a la escuela y nunca nos preguntábamos el porqué de su resistencia. ¿Los recuerdan? El niño aquel gordito que caminaba con los muslos apretados, pantalón corto y rostro enrojecido por la vergüenza y el frío; el que se escondía en un rincón del patio mordisqueando un enorme bocadillo de mortadela, los ojos muy abiertos mirando al resto del curso jugar al baloncesto sin reparar en su desconsuelo. ¿Lo recuerdan? Era ese niño de la clase al que nunca elegían a la hora de hacer un equipo de fútbol o un grupo de trabajo. Ese mismo. Era esa niña de cejas pobladas y gafas de gruesa montura que sabía las respuestas y no se atrevía a darlas para que no la llamaran gafotas o empollona. Esa niña que nunca levantaba los ojos del cuaderno y subrayaba una y otra vez los renglones para no tener que ver la burla de los que estaban a su alrededor.

Fueron niños acosados por un entorno hostil que les conducía al desaliento y a la necesidad de desaparecer. Eran y son niños que buscan la muerte como una solución a su conflicto porque la violencia social hacia lo diferente, sea física o moral esa diferencia, los margina del resto de la comunidad. Siempre ha sido así. Es algo que no se hace visible en la mayoría de los casos y solo aparece cuando la tragedia lo hace público. Es algo que no nos gusta ver ni aceptar, pero que nos golpea cuando nos llega la cruda realidad del suicidio de un niño de once años que no sabe cómo parar esa agonía.

La diferencia estriba en cómo controlar la situación. Los hay que se escudan en sí mismos y esa lucha los fortalece y los hace invulnerables al dolor y a las ofensas; se crecen y defienden con armas distintas: el estudio, la superación física, el destacar en determinadas actividades hasta llegar a ser superiores a los que un día los humillaron. Pero los hay que no pueden hacerlo o no saben cómo hacerlo, y buscan la única salida que creen puede salvarles de tanto horror. La muerte es la solución. Y es entonces cuando se arrojan por una ventana o se ponen delante de un camión o se toman todas las pastillas del botiquín de papá y mamá. Son víctimas de sus compañeros y, en ocasiones, con la vista hacia otro lado de algunos profesores y muchos padres que perdonan y disculpan el comportamiento de sus pequeños acosadores.

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