Editorial

Más responsabilidad y menos superficialidad

23.01.2016 | 23:31

No hay nada más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado", aseveraba Victor Hugo. La idea de cambiar de una vez la política está asentada en la sociedad española. El partidismo y el sectarismo hartaron a los electores porque convirtieron a las formaciones en cotos cerrados e hicieron a sus dirigentes sentirse invulnerables. Hasta el punto, en algunos casos, de corromperse sin remilgos. Las cosas no podían continuar así, pero para transformarlas –es decir, propiciar la regeneración–, con todos los desafíos de índole nacional e internacional que paralelamente acechan por delante, se necesita algo más que recurrir a la provocación y montar el espectáculo como si los parlamentos fuesen tertulias con las que entretener al personal y no foros para facilitar la vida de la gente.

Mona Sahlin, socialdemócrata sueca, compró en 1995 dos chocolatinas, pañales y cigarrillos con su tarjeta de ministra. En un Estado que prácticamente suprimió el pago en efectivo, alegó un problema con su tarjeta privada para usar circunstancialmente la corporativa y restituyó de "motu proprio" el importe a los pocos días. Cuando trascendió el hecho, estalló el escándalo. Sahlin tuvo que dimitir. Los suecos consideran sagrado el erario y, aunque no se hubiera lucrado, tomaron como un abuso de confianza que cayera en la tentación de mezclar bienes públicos con fines particulares.

Cualquier político aspira a convertir España en Dinamarca o Suecia. Nunca lo será si no arraigan valores tan firmes como ésos. Aquí ven la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio. Un diputado conservador investigado por cobrar comisiones y expulsado de su grupo sigue en el escaño para mantener el aforamiento, sin que ocurra nada ni exista manera de impedirlo. Y hasta hay quien comprende que una concejala de izquierdas a la que la grúa arrastró su coche por aparcar en un área reservada sin colocar la acreditación pueda sacarlo del depósito sin abonar multa, con funcionarios comprometidos en una cadena de enredos para encubrir la regalía.

Tras la toma de posesión del independentista Puigdemont como presidente de Cataluña y de la constitución de las Cortes, después de que el Felipe VI recibiera a los líderes de los princiapales partidos con representación parlamentaria, la renuncia de Mariano Rajoy a al ofrecimiento del Rey de ser candidato a la presidencia del Gobierno, aparece un panorama aún más incierto.

No conviene olvidar que Puigdemont prometió el cargo sin acatar la Constitución ni mostrar lealtad al Rey, después de una grotesca negociación que alumbró un Gobierno trilero capaz de cobijar bajo el mismo manto, con tal de ocultar la corrupción, las aspiraciones de la alta burguesía catalana con las de los anticapitalistas y antisistema radicales. Al Congreso llegaron diputados en bicicleta, otros acompañados de fanfarrias. Aún están frescas las fotos de un bebé plantado en el hemiciclo como reivindicación feminista, un guiño nada original aunque quienes lo promueven pretendan erigirlo en el colmo de la frescura. Ya hubo diputadas que lo hicieron en 1991, sin convertirlo en emblema de nada.

Que la novedad sean las bravatas y el exhibicionismo, como acudir a la Zarzuela en mangas de camisa, denota la superficialidad de los nuevos tiempos. Que las anécdotas adquieran categoría de acontecimiento revela la confusión y el desconcierto del momento. En la política transformadora, la que piensa en la próxima generación, en el bien común y en la resolución de las dificultades, cuentan los hechos. En la política falsaria, la que no mira más allá de los próximos comicios y todo lo calcula en función de los réditos electorales y partidarios, prima el gesto, la pose: movilizar de inmediato las emociones.

Canarias tampoco se libra de esperpentos. Si la consideración del Parlamento canario andaba bajo mínimos, ahora algunos diputados van camino de convertirla en un patio de colegio. Por la agresividad del lenguaje aquello más parece, en ocasiones, una grada de hinchas que un Parlamento. Hasta el momento los más crispados se han limitadado a tramitar propuesta que aún no han dado sus frutos parlamentarios ni legislativos.

Mientras tanto, pese a los record turísticos en las Islas, los niveles de desempleo continúan insoportables y la pérdida de riqueza disuelve como un azucarillo a la clase media. La crisis ha atascado el ascensor social, cercenando las expectativas de progreso y sembrando la duda sobre si, por primera vez en décadas, los hijos de la burbuja vivirán peor que sus padres.

El irracional separatismo quiere romper España. El petróleo y China cuecen otra recesión cuando no superamos ésta. La demencia yihadista nos convierte a todos en potenciales víctimas. El Estado del bienestar peligra. A poco que vuelva a subir la prima de riesgo una montaña de deuda ahogará el país. La Justicia, con lentitud exasperante, depura las sentinas pero muestra que el sistema funciona. Las responsabilidades por los casos Nóos, Gürtel, Bárcenas, Las Teresitas, Unión, Faycan quedarán dirimidas pronto, un caldo de cultivo óptimo para que quienes echan la caña en río revuelto, importándoles su personal beneficio y no el de los ciudadanos, pesquen a gusto.

No son días para frivolizar, para convertir el medio –una imagen, un vídeo, un eslogan arteramente elegido– en el mensaje cuando no hay mensaje real que transmitir. Son días para arrimar el hombro, ofrecer luz y certidumbres. Los líderes políticos, empezando por Mariano Rajoy, con su paso atrás, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera, y terminando por Ana Oramas y Pedro Quevedo, en un Congreso en el que se mercadean votos para la investidura, están obligados a desempeñar una ardua y difícil labor, con responsabilidad y compromiso, si quieren estar a la altura de lo que los españoles demandan.

Si la política no puede garantizar la felicidad, como aseveraba el canciller alemán Helmunt Schmidt, tan encantado por estas islas, al menos que nos ahorre el sufrimiento de soportar sus simplezas.

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