Tribuna abierta

Bowie

21.01.2016 | 02:00

L a muerte de alguien a quien queremos o admiramos parece una pequeña e inmensa muestra de incredulidades, perplejidades, tristeza, desencanto y, lo peor, there´s nothing we can do. Esta tarde de invierno, a comienzos de otro año que parece tan esperanzador o desolador como cualquier otro, mientras volvía al sur de la Isla, donde vivo ahora, miraba los paisajes vacíos, los pedregales y barrancos, invernaderos, olas rodando sobre un mar sin sonido: cada cosa confluyendo en otra, y escuchaba Space Oddity mientras pensaba en la muerte de Bowie y también en la de Lou Reed hace tres años; pensaba en lo solos que se van quedando Bob Dylan, Paul McCartney o Iggy Pop. Parece devastador que Bowie haya muerto en mitad de este invierno, en Nueva York, después de muchos meses de lucha contra el cáncer.

A veces algunas muertes parecen proponerle una prueba dura al mundo o a la vida, una apuesta que verbalizada sonaría a algo así: "a ver cómo sigues ahora sin mí". Porque esas muertes se llevan a personas especiales, distintas, que, quizá durante muchos años, han sido capaces de crear grandes almacenes emocionales de pequeñas eternidades, de plazos larguísimos, de algo que nos hace confiar hasta en que se puede hacer retroceder un poco al más allá. Llevo días viendo en los periódicos sus fotos, elogios, obituarios, textos donde se lamentaba el adiós del Duque Blanco, uno de los músicos más grandes e influyentes del último medio siglo, el artista eternamente joven, el genio musical de mirada bicolor que a comienzos de los setenta se preguntaba si hay vida en Marte, y gritaba que el lawman probablemente siempre le pegará al chico equivocado.

El niño David Robert Jones, desdoblado en los ídolos donde se encontraba y perdía a la vez, el apasionado mimetismo inicial de un Bowie idólatra, se convirtió con los años en parte esencial de su espectáculo y del drama que encarnaba en sus transformaciones, reinventándose, recreándose, como el niño que imitaba los gestos o interpretaba los temas de su cantante favorito. Contrariamente a lo que cantaba en Absolute begginers, Bowie tenía aún mucho que ofrecer, y siendo siempre, sin embargo, un absoluto principiante de ojos completamente abiertos. Ahora, de primera mano, sé que David o Ziggy Stardust o Alladin Sane seguirá, seguirán tratando con Dios, o con sus Sosias, esos pequeños y terribles asuntos divinos en los que siempre anduvo metido.

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