La Ciprea

El lugar de la tristeza

19.01.2016 | 02:00

Cada día se sentaba en aquel lugar. Era el lugar de su tristeza. Segundo escalón a la izquierda del atrio del ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma. Ropa oscura y los ojos muy grandes. Transparentes. Se sentaba allí. Solo eso. No pedía, no hablaba, y sonreía apenas. Era joven y hermoso y un día huyó de su familia, de sus amigos, de su casa y del mundo y se refugió en aquel escalón de piedra negra. Al principio no reparaba en él, pero hará cosa de un año supe de su historia y comencé a mirarlo de frente. Fue después de la lectura de un libro de poemas que llegó a mis manos y que era la prueba de la agonía de una mujer que había visto borrarse el amor y la esperanza y todo lo que quedaba de luz en la mirada de un hombre.

A partir de entonces comencé a pasar muy cerca del escalón donde se refugiaba y por donde seguía huyendo hacia ninguna parte. Y un día le dije adiós. Él hizo un gesto muy leve con la cabeza. Quizá supo que yo sabía. Nunca lo averiguaré. Como si entendiese que yo había leído esos poemas que hablaban del amor y la zozobra de su alma; de su hija, Rebeca, y de una mujer valerosa que superó el dolor de su abandono y su huida. Desde su escalón la miraba correr detrás de los otros niños y las palomas de la Plaza de España. Sentado en aquellas escaleras miraba pasar a la gente como esperando una respuesta que nunca le llegaba y se dejaba inundar de algo espeso que lo retenía allí durante horas viendo crecer a aquella niña que era tan de su pesadumbre.

Hace unos días lo encontraron muerto en un piso de una pequeña calle de la ciudad. Lo supe al pie del escalón vacío. Y comencé a llorar.
No suelo hacerlo, pero esa mañana lo hice por él; por su tristeza tan honda y tan irreparable; por todos los tristes que ocupan cualquier lugar de la tierra y se vacían el alma y el cerebro por causas que desconocemos; por todos aquellos que abandonaron un día la vida real y se instalaron en una quimera o en un cubo de miserias que no alcanzamos a entender. ¿Qué clase de dolor provoca ese derrumbamiento que acaba desvaneciendo la claridad de nuestras mentes? No quiero averiguarlo. Solo hablar de la noche y del lugar que un hombre ocupó en ella y ahora ha dejado extrañamente vacío. Un lugar que fue ocupado por la sombra de lo que fue alguna vez y que hoy la sustituyen unas flores en un jarrón de cristal.

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