Tribuna abierta

Pasolini

14.01.2016 | 02:00

H ace poco más de dos meses que se cumplían cuarenta años del asesinato de Pier Paolo Pasolini en una playa de Ostia la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975: el artista tenía 53. Por entonces Pasolini acababa de estrenar una de sus mejores y menos toleradas películas: Saló o los 120 días de Sodoma (1975). Ateo y comunista por vocación, polemizó tanto con el marxismo oficial, del que fue expulsado por su homosexualidad, como con el catolicismo. Nada de lo que Pasolini podía ser o hacer cabía en los estrechísimos márgenes de la ideología política o de la moral católica. Eran, para él, las dos iglesias que no entendían ni podían abrazar el gran escándalo que siempre significa el arte. Multidisciplinar, polifacético (grandilocuentes palabras), Pasolini escribió poesía, ensayo, teatro, novela y siempre se consideró a sí mismo como un escritor; aunque muchos lo recuerden sólo como director de cine.

Nacido en Bolonia, comenzó a escribir poesía desde los siete años, mientras odiaba a un padre fascista y alcohólico que maltrataba a su madre. Entre sus libros de poesía cabe destacar Las cenizas de Gramsci (1957), La religión de mi tiempo (1961) o Poesía en forma de rosa (1961-1964); pero en la adolescencia sobre todo fue el cine lo que me llegó de él. Jamás podré olvidar la primera película suya que vi: El evangelio según San Mateo (1964), donde la propia madre del director interpretaba a la Virgen María. Hay siempre en el comienzo de sus películas un ritmo frenético, una gran fanfarria, un estruendo que preparaba a los espectadores para "el placer de ser escandalizados". No podría medir cuánto me gusta su Trilogía de la vida, sobre todo el Decamerón (1971) y Las mil y una noches (1974).

A escritores como Manuel Vicent les ha gustado imaginar la última noche de Pasolini como una suerte de viacrucis: con un chapero en forma de cruz sentado en su Alfa Romeo plateado hacia un Gólgota mezquino lleno de desechos y malas hierbas en los extrarradios de Roma. Yo no soy tan estrictamente morboso, pero temo que hoy día Pasolini haya quedado en un apellido prestigioso y unas cuantas películas, que se lo ignore tan holgadamente en muchos de sus aspectos y que la última película de Abel Ferrara no le ha hecho toda la justicia, poética o no, que aún espera y merece su genio.

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