Luz de luna

Europa y Alá le dan la espalda al mar Egeo

13.01.2016 | 02:00

T odos permanecen expectantes en la orilla. La seriedad y el miedo pesan más que las escasas pertenencias que llevan consigo. Se abrochan un chaleco salvavidas llamado esperanza mientras la humedad entumece sus caras, tratando de no pensar en lo que les espera en el trayecto. Me imagino que allí hay una de tantas familias que huyen de Siria por la guerra civil que azota ese país y las acciones del Estado Islámico, pendientes de subir a una embarcación neumática junto con otros acompañantes para cruzar una de las puertas del infierno. Saben que es un acto temerario, pero aún así lo prefieren antes que morir degollados en su propia tierra. A algunos ya les aguarda una bolsa mortuoria al otro lado para engullir sus cuerpos, alimentando el campo de rosas negras que crecen en pabellones deportivos convertidos en improvisadas morgues. La madre lleva en brazos a su hija de escasos años y con otra agarra fuertemente la mano del pequeño varón tratando de transmitirles fortaleza cuando por dentro le asola la angustia. Los besa en la frente y cierra los ojos unos instantes antes de partir.

El mar Egeo fue en la Antigüedad un espacio propicio para el cruce de culturas y el enfrentamiento entre distintos pueblos en su afán de expansión o por evitar el sometimiento por una fuerza extranjera. El poeta Homero dejó constancia del mismo en la Odisea y la Ilíada, pero ni siquiera él nunca imaginó un argumento tan grotesco como el de niñas y niños pereciendo ahogados ante los ojos de media humanidad. Ahora las islas de Lesbos, Rodas y Kálimnos son lugares macabros donde habita la muerte, allí donde aparecen flotando cuerpos inertes de quienes se aferraron en vano a esa esperanza y acabaron arrojados a esa otra orilla, envueltos en un sudario maligno. No son los casi inmortales mirmidones de Aquiles que aparecen en la Ilíada, sino pequeños seres con sueños, vestidos por la incomprensión de lo que pasa a su alrededor, parcos en palabras, protegidos por el pecho de esa madre que en ningún momento pensó en despedirse de ellos o rodeados de la hombría de un padre al que nadie le despojará de su papel de guardián de su familia.

Los refugiados viven otro tipo de odisea y ni siquiera Alá les garantiza nada, por mucho que se encomienden a él. La naturaleza es infinitamente más poderosa que cualquier religión y dios, creando sus propios mecanismos de defensa cuando se siente amenazada o rigiéndose por sus reglas al margen de la existencia del hombre.

Estas navidades Europa seguía inmersa en el consumismo y en su autorregulación económica mientras a su espalda se producía la escena de un niño cayendo en ese mar, intentando mover sus brazos inútilmente para salvarse, sin tiempo a llorar; de su boca apenas salieron unas palabras que nadie escuchó ante los gritos de histeria colectiva que confundían hasta los de la propia madre. La arena y las piedras de esa ansiada orilla se convirtieron en una alfombra de bienvenida en la que había que pisar por obligación, preguntándose por qué Alá los había castigado de esa manera. La madre rasgaba el cielo implorando perdón para que le devolviese a su hijo y el padre lloraba arrodillado e impotente sin saber que en 2015 unos ciento veinte niñas y niños perecieron de igual manera.

Ellos continuarán su diáspora particular mientras de Mauritania saldrá un cayuco rumbo a Gran Canaria con un centenar de inmigrantes vendidos a su suerte, recordando también a aquellos miles de canarios que emigraron a América en barcos clandestinos en períodos como la dictadura de Franco. Al final, todos huyen y no habrá religión que los proteja, y muchos ni siquiera podrán regresar para colocar un ramo de flores o rezar una plegaria ante la tumba de quienes una vez fueron hijas e hijos de alguien entregados a una tierra ajena.

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