La Opinión

Los pactos de la vergüenza

12.01.2016 | 02:00

D e vergüenza ajena el tema de los pactos. De ponerse uno colorado cuando oye, ve y vislumbra lo que puede suceder. Es la hora del baile. El danzón de unas parejas con otras al son de la mejor orquesta disponible en el lugar de la fiesta. Ahora comienza el meneo, los piropos, los arrobamientos, el coqueteo, la farsa y, en suma, el quitarse las parejas los unos a los otros; el hablar mal a las espaldas de los protagonistas a ver quién sale peor parado entre tantas ofensas; a ver a quién le sacamos los ojos primero para aprovechar la ceguera y su mal encaminarse por las aceras para así ganarle la partida y la carrera final. Y, mientras tanto, nosotros, viéndolas llegar, sufriendo como berracos a punto de ser cazados. Todos a la expectativa de ese baile de salón con parejas que no acaban de ponerse de acuerdo en el ritmo, los pasos a seguir, la música adecuada o las armonías necesarias para no perder el compás.

Sentados en las sillas alrededor de los bailarines, los espectadores de tamaños desacuerdos en ritmos y cadencias, murmuran sobre afrentas, desatinos y broncas que salen a relucir entre los bailones. Las comadres hacen cábalas y comentarios malintencionados sobre el vestuario y las figuras de los protagonistas al festín, como esas viejas alcahuetas que rodean el ataúd en los funerales y mientras los amigos de verdad del difunto le lloran con desconsuelo, ellas no dejan de chismorrear sobre el destino incierto de la viuda tan hermosa y casquivana a la que, para entendernos a partir de ahora, llamaremos España aunque algunos hayan quedado en llamarla una, grande, media o tres en una por aquello de poder algún día llegar a desengrasarla.

Así las cosas, en los cotarros nacionales siguen apareciendo predicadores y agoreros que desafían la razón imaginando para nuestros hijos toda suerte de desventuras si la pareja ganadora de este show es uno o es otro. La verdad sea dicha, a los españoles de a pie nos empiezan a importar un rábano tales vaticinios que ya hace mucho tiempo que sabemos que el pescado que venden esas almas de Dios (tan descarriadas a fuerza de inventar milagros o infiernos en los que precipitarnos) anda medio podrido y no vamos a poder comerlo por mucha hambre que padezcamos. Y, por otra parte y dado que esos hijos andan camino del Perú o de Alemania del norte buscándose los garbanzos para poder sobrevivir, no creo que les interese demasiado si pactamos con el mismísimo Satanás. Ellos quedan lejos de tales componendas y hace mucho, mucho tiempo, que dejaron de bailar y de creer en el más allá por muy brillante que se lo muestren.

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