Luz de luna

El marketing del machismo de fin de año

06.01.2016 | 02:00

L a televisión potencia cada vez más el machismo y la utilización premeditada de la imagen de la mujer con fines comerciales, y lo hemos comprobado de nuevo en la Navidad, ese período donde lo que impera es el consumismo y la apariencia, con el billete de viaje bien agarrado en la mano para no perdernos nada en esos días del calendario en los que se nos dicta un ritmo de vida determinado y cómo debemos comportarnos y vestirnos.

Precisamente, esto viene a cuenta por la imagen que dio la presentadora Cristina Pedroche durante la retransmisión de las campanadas de fin de año en Antena 3 como reclamo para aumentar la audiencia de ese momento tan único y especial, a la vez que también abre la puerta al planteamiento de que otras profesionales como ella tienen asumido ese rol de que les gusta mostrarse supeditadas a la dependencia del canon de belleza que impone esta sociedad para alcanzar altas dosis de popularidad.

Su actuación fue de lo más patético que he visto últimamente al convertirse en eso que en otras ocasiones me he referido como mercancía humana, y lo más terrible es que ella disfruta y garantiza que toda su esencia como persona resida en su cuerpo, es decir, que va poco servida de conocimientos, inteligencia y capacidades. Esa cadena de televisión supo mercantilizar este planteamiento para alcanzar la audiencia pretendida, creando una expectación previa a semejanza de numerosos programas donde se juega con las emociones, y todo ello con el único fin de contemplarla con un vestido con muchas transparencias y con encajes a modo de guiño artístico del símbolo de dicha cadena.

El machismo y la denigración de la mujer implícito en esa retransmisión quedó manifiesto por dos acciones, entre otras muchas: la primera fue exhibirla cubierta de una capa, bajo la cual ya se sabía que mostraría su cuerpo, mientras su acompañante Carlos Sobera procedía a quitársela, convirtiéndola simbólicamente en un objeto expuesto para su observación por el resto del público, si bien en este caso contando con el beneplácito de la propia afectada, algo que me recordó al instante en que el valiente e intrépido aventurero -porque siempre es un hombre el que lo hace- levanta la tela que cubre la jaula bajo la cual hay un animal salvaje exótico, cuya respiración y sonidos guturales crean ese mismo deseo intenso de comprobar de una vez por todas que se esconde tras esa cortina de humo; la segunda está relacionada con el operador de cámara de televisión, que rápidamente se centró en recoger un primer plano de su entrepierna, oculta bajo uno de esos encajes, pero lanzándonos el mensaje subliminal de que había que romper su privacidad sexual para hacerla pública, teniendo en cuenta además que en esta ocasión sus pechos no daban juego excesivamente para el fin pretendido.

Eso era todo lo que se pretendía, concentrado en unos segundos en los que la cadena hacía caja con ese burdo mecanismo mientras aquella creía que iluminaba el firmamento, pero en realidad era una sombra más de sí misma, envidiada por otros millones de mujeres que no pueden tener su figura y su silueta, pero a la vez pasando de las manos de un hombre a otro, que se deleitaron con una verborrea y una imaginación lasciva hasta convertirla en su esclava sexual, a la par que los medios impresos se recrearían en titulares donde la calificaban de "calentar el ambiente" y de "levantar pasiones", y ya saben lo que significa eso.

Cualquier mujer tiene derecho a utilizar su cuerpo como más crea conveniente, pero casos como este demuestran que aquel se puede convertir en nuestra propia jaula en la que siempre estaremos atrapados.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine