La Ciprea

Queridos Reyes Magos:

05.01.2016 | 02:00

P ara los tres es esta carta que escribo. No sé cómo la escribo ni para qué la escribo y ni siquiera sé a quién se la escribo si ya voy dejando de creer en tales cuentos y leyendas y si ya a estas alturas de mi vida tengo por bueno saber que me engañaron en años anteriores no dejándome nada de lo que había pedido, por lo que me he puesto a pensar si todo se debe a mi afán por querer saber más y más de lo que ignoro, razón por la que descubrí hace ya mucho tiempo que no sois quienes decís ser y más bien son los adultos los que componen tales mentiras para satisfacerse ellos a sí mismos. Porque, la verdad, es que creer lo que se dice creer hace tiempo que lo había ido abandonando por aquello de las muchas decepciones sufridas; que he pedido cosas que no me fueron traídas y yo, ignorando la existencia de cartas y mercaderías que solo la inocencia puede llegar a entender, solo les escribía en sueños o más bien con la mente, que de soñar también hace tiempo que he perdido la costumbre. Dicho lo cual me imagino que decidisteis castigarme.

Porque, ¿qué pediros, me decía a mí misma, si yo nada necesito y más bien me sobran cosas que no quiero ni me son necesarias? Y se me ocurrían regalos diversos que poco tenían que ver conmigo misma pero sí con aquellos que me rodeaban. Y así, año tras año, comencé a pediros por las mujeres asesinadas impunemente para que hallaran a sus asesinos y los castigaran con las penas adecuadas a sus actos; para que recogierais a los niños cruelmente tratados o sacrificados por encontrarse en el lugar equivocado en el momento injusto y así pudieran recibir, no juguetes y golosinas perecederas, sino brazos cálidos y duraderos, hogares nuevos en los que refugiarse, madres de verdad que supieran acunarlos y darles comida y calor de muy adentro. Pedía, incluso, por los ancianos apartados de la tribu por aquellos que ya no soportan ni su olor ni sus cuerpos resecos y que son recluidos en la soledad de bosques tenebrosos, nieves de sombras alargadas y espesas o viejos hospitales que se incendian y derrumban.

Yo pedía por todos ellos. Y nada. Y ahora, este año, por la manía de seguir soñando, os pido de nuevo playas de acogida para esos miles de niños que de una forma u otra mueren en las orillas; para sus padres y semejantes; para que se derrumben muros de cemento y alambradas de metal y cuchillas; fronteras, miedos, alarmas. Lo sé. No sigo. Es una carta muy larga. Demasiado larga. Y si, encima, no creo€

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