Crónicas de la Revo-ilusión

Parlamento invertebrado

31.12.2015 | 02:00

L eyendo el célebre ensayo de Ortega, La España invertebrada, llego a la conclusión de que el antiguo mal que nos aqueja, no tiene explicación política. Los particularismos, como decía Ortega, entendiéndose como tales el separatismo catalán y vasco, pero también el centralismo soberbio; forman parte del problema y expresan una incapacidad histórica. Siguiendo el manual orteguiano, para que cualquier nación prospere, se necesita la incorporación de los distintos pueblos en torno a ese núcleo, al tiempo que se respetan sus hechos diferenciales, creando una unidad compuesta de colectividades diversas. Este modo de conllevar a los nacionalismos, supone un esfuerzo de consideración, por parte de quien presume ser el motor que irradia vitalidad a todas las partes del cuerpo.

Lamenta Ortega que la mediocridad haya sido el común denominador en las clases dirigentes y por tanto, en las masas que reaccionan ante la ausencia de un liderazgo claro, provocando la desmembración y el caos. Añade a esto, que la gesta del descubrimiento y colonización de América, única etapa de auténtico vigor como potencia mundial, en realidad fue una obra popular, carente de la entidad intelectual necesaria para engendrar una civilización avanzada.

Casi un siglo después, la identidad española sigue representando la misma tendencia a la fragmentación. Decía Ortega que los visigodos eran una comunidad de origen germánico, con signos de decadencia y que, en consecuencia, España es decadente crónica.

Observando la conformación del Parlamento, y a falta de la constitución de un gobierno presumiblemente débil, o la celebración de nuevas elecciones, persiste el fenómeno de disociación, con un frente populista compuesto por Podemos, sus grupos afines y los independentistas, y por el otro el bipartidismo clásico de socialistas y populares. Pero esta amalgama multicolor y difusa no es algo negativo en sí mismo. Incluso puede ser beneficioso para la buena salud democrática, basada en la necesidad de llegar a consensos.
Lo peligroso está en nuestra entraña, en la genética del odio hacia el que piensa distinto. Lo penoso es la ceguera del que no acepta estrechar la mano a alguien, con el que comparte mucho más de lo que está dispuesto a admitir. Lo terrible es aniquilar al que, en el fondo, admiramos y envidiamos, porque simplemente demuestra ser mejor, por argumentos, por carisma y por convicción.

La vertebración no llegará al Parlamento, si antes no cala en nuestra sociedad. Aceptar que somos una pluralidad es el único modo de entendernos sin seguir fracasando en el intento.

rafadorta.blogspot.com

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