La Ciprea

Alegría de casa ajena

28.12.2015 | 23:04

E so es lo que son muchos seres humanos: la alegría de los demás y la tristeza para los de casa. He conocido a muchas personas que actúan de esa forma. Recojo comentarios de quienes han padecido esa actitud por parte de algún ser querido y me doy cuenta de que sus pesadumbres son muy parecidas a las mías. Recuerdo pequeñas anécdotas que vienen a reforzar aquellos sentimientos. Una vez, por ejemplo, les pedí a mis padres que me compraran un abrigo con el que llevaba soñando meses. Lo había visto en un escaparate y me encantaba el color y la piel que lo cubría por dentro. Parecía tan cálido como aquellos chaquetones rusos que calmaban el frío de la estepa.
No me lo compraron, pero a las pocas semanas aparecieron en casa dos de mis primas con los dichosos abrigos. ¡Se los había regalado mi padre! ¿Por qué? Aún me lo pregunto. ¿Quería darme una lección? ¿Enseñarme el valor de la negación y que eso hiciera crecer en mí el fervor por la lucha? Pues puede sentirse orgulloso, esté donde esté, porque consiguió las dos cosas.

Años más tarde vi una película francesa Un Homme et une Femme, 20 Ans Déjà de Claude Lelouch. Su protagonista, Anouk Aimée, llevaba el dichoso abrigo. Entonces me lo compré para sentirme como ella se había sentido junto a Jean-Louis Trintignant. Esa fue la historia. Pero no fue esa la consecuencia de todo aquello. La consecuencia fue que aprendí el mensaje de mi padre y supe desde niña que era más fácil alegrar la vida ajena que hacerlo con la de los que te rodean. Que cuesta más esfuerzo el mantenimiento de los afectos en la dura secuencia de lo cotidiano que iluminar pasillos ajenos una tarde o un domingo a la hora de comer. Que a aquellos que nos gobiernan y dirigen les resulta más fácil convencernos y animarnos con un discurso plagado de esperanzas y de ilusiones en un determinado momento, que llevar a cabo lo que prometen de una forma continuada en el día a día.

La política, a veces, es lo más parecido a la vida familiar. En la calle discursos y fiestas con banderines, risas y frases espectaculares, regalos para los oídos y alegría para el corazón esperanzado de los que escuchamos sus promesas. Luego, en la realidad, palos y miseria, nada de lo dicho, nada de lo prometido, nada de lo que fuera nos ilusionaba y hacía palpitar nuestro espíritu tan poco hecho ya a los sueños. Pero la lección que aprendí me ha servido para defenderme de aquellos que no son capaces de proteger lo que tienen en su propia casa y luchar a brazo partido contra ellos.

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