Aquí una opinión

Ausencias que enseñan

27.12.2015 | 02:00

H ace unos días falleció Loly, una voluntaria de hospitales de la Asociación Española Contra el Cáncer. A ella no le hubiese gustado esta columna por su discreción y humildad pero la he "invitado" a presidirla porque, muchas veces, alrededor de una persona extraordinaria suceden hechos que también lo son. Y, de paso, para intentar aprender de ellos.

Durante años, cada viernes, he sido su compañera en el Hospital de La Candelaria. El resto de la semana no coincidíamos en esa labor, pero hablábamos, largamente, por teléfono, bromeando sobre todo lo insustancial: problemillas cotidianos fácilmente solucionables pero que a muchos tanto nos angustian, enredos en los que aún la mayoría de las personas caemos como en tela de araña, ese no entender que el hoy es para vivirlo con intensidad y agradecimiento. Reíamos de todo aquello que no fuese el dolor ajeno, era ejemplar su humanidad y empatía ante el sufrimiento. Una forma de ser que seguramente estimuló su dedicación como maestra, desarrollada en lugares de Anaga a los que se accedía de forma muy rudimentaria cuando, siendo veinteañera abandonó su Cantabria natal para iniciar un viaje que, en aquellos tiempos, se llamaba aventura. Un día me contó, entre risas, su llegada en barco un fin de semana, buscando alojamiento hasta el lunes en que se presentaría en Educación y cómo subió por una calle lateral llena de bares y lugares que, en aquél entonces, las jovencitas no solían frecuentar. El asombro por cada descubrimiento posterior, la experiencia que fue adquiriendo en la profesión, las gentes que conoció con la mayoría de las cuales seguía teniendo relación, los retornos al norte en verano por su cariño hacia familia y amigos a los que nunca renunció. Y un profundo respeto por los demás y por el trabajo.

Echaré de menos su tardanza en arrancar el coche en los cambios del semáforo mientras los conductores que esperaban detrás, esos que tienen tanta prisa por llegar a ningún sitio, nos dedicaban musicales bocinazos con tiernas frases de desahogo. Quizás se trataba del único defecto que tenía. En lo demás era como el funámbulo que "no se permitía un error".

Durante el servicio del voluntariado de las plantas hospitalarias, que realizaba con dedicación y seriedad, solía entrar en cada una de las habitaciones con la calma que emana de una conciencia limpia, para dedicar conversación y compañía a los que la necesitaban. Más tarde, me enumeraba casos: alegrías por aquellos con un alta esperanzadora, tristeza por otros casos, una especial amargura cuando el enfermo era joven. Y algo que siempre sucedió durante todos estos años: el encuentro en habitaciones con enfermos o visitantes antiguos alumnos a los que se les notaba el afecto sincero con que la recordaban. "Doña Lolita" la llamaban y me lo contaba con el mismo entusiasmo con que había desembarcado, hacía más de 50 años, en una ciudad que no conocía y a la que haría suya.

Se ha ido muy deprisa, apenas hemos tenido la oportunidad de decirle lo a gusto que nos sentíamos con ella. Aunque no hiciera falta porque eso se presiente y una mirada sincera es lo más elocuente. La edad, que nos va convirtiendo en expertos en ausencias debería, al mismo tiempo, hacernos mejores personas dándonos la sabiduría suficiente para restar importancia a lo que no la tiene y centrarnos en lo que sí y que, cuando digamos adiós, compañeros, amigos y familia lamenten nuestra ausencia. Como a Loly, esta voluntaria de la AECC.

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