Tribuna abierta

La transformación

24.12.2015 | 02:00

Algo cambia para siempre en uno tras leer a Kafka, tal vez un pequeño mecanismo emocional que modifica la sensibilidad de cada cual para agravarla y darle un peso. Es difícil imaginar a un lector que no se sintiera afectado por algún texto kafkiano. La primera lectura del autor checo suele ser muchas veces su novelita La metamorfosis (así circuló siempre entre nosotros) o, más precisamente, La transformación (Die Verwandlung) si queremos acercarnos al sustantivo alemán original, como ya señaló Borges en su momento. Hace ahora poco más de un siglo, en noviembre de 1915, salía de la imprenta el libro: una nouvelle o relato largo que su autor dejó listo en unas pocas semanas. En mi caso fue lo primero que leí de Kafka, y su fuerte impresión quedó en mí y me llevó luego a los relatos breves, El proceso, El castillo o América. Creo que leí La metamorfosis por primera vez en mis últimos años de colegio.

Me parece que Gregor Samsa, como el propio Kafka, usa su caparazón como Aquiles usaba su escudo: para protegerse y para atacar, desde un carácter que suponemos más apocado, menos convencido, mucho más vacilante que el del héroe cantado minuciosamente por Homero. En un estado de imposible resolución, Gregor se ve obligado, por la inesperada transformación, a la ocultación y la postergación de su rutina diaria: una larga pausa sin solución de continuidad que siente como una frontera, un límite que lo expulsa del mundo. Teme mostrarse a los otros y ese corte del cordón umbilical que lo une a ellos, aunque sea débil, lo singulariza hasta la monstruosidad, y lo posterga en una atmósfera o mínimo universo paralelo de horror y pesadilla: un infierno coetáneo a la vida que sigue, bullente, del otro lado de la puerta.

Kafka, el escritor que vivió sintiéndose condenado sin conocer cuál era su culpa, como el Segismundo de Calderón, vivió atenazado por aquello que deseaban los héroes de las novelas románticas: el ascenso social. En el centro de su Praga natal, como en el centro del laberinto, su literatura lucha contra un padre demoníaco y un medio hostil. La pesadilla en la que vivió el autor se concentró en Samsa, humillándolo y convirtiéndolo en el monstruo y síntesis perfectos de sus temores: el indeseable y repugnante insecto por el que nadie sentiría piedad antes de eliminarlo. Sólo un vano inconveniente doméstico.

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