Luz de luna

¿Y ahora qué?

23.12.2015 | 02:00

E n mi calle vive un viejo que no votó; no tenía ninguna razón para hacerlo y nadie le obligó. Permaneció estéril como un desierto cuando muchos trataron de convencerlo con sus comentarios para que apoyase a una u otra formación política. Él mejor que nadie sabe lo que representaron los años de la dictadura de Franco en los que las palabras libertad y democracia ni siquiera figuraban en un diccionario, y siempre esperó que, tras la muerte de aquel, pudiese comprender cuál era su significado.

Cada día lo veo bajar por ella, ajeno a los efímeros carteles con las imágenes de los candidatos de los distintos partidos que optaban a ganar las elecciones generales del pasado domingo. Sus caras no le decían nada y no encontraba en ellas un solo motivo por el cual detenerse para saber quiénes eran. Tampoco tenía las fuerzas suficientes para preguntarles por qué su nieto tuvo que emigrar a Alemania para buscar trabajo, ayudándole a comprar el billete de viaje gracias a su corta pensión, tras haberse costeado previamente su carrera universitaria mediante un mísero contrato laboral, ya que para el Estado las becas de ayudas a los estudios son algo totalmente prescindible; por qué calló durante casi cuarenta años, midiendo lo que se decía en público para no transgredir el pensamiento único impuesto por esa dictadura, y ahora se habla de libertad de expresión cuando en realidad le han partido la boca a base de puñetazos para ponerle luego un mordaza para prohibirle todo lo que se salga del discurso oficial; y por qué su ambición por el poder es infinita, sin importarles que se demuestre su implicación en procesos de corrupción ni dignarse a pedir disculpas públicamente por ello como paso previo antes de dejar los cargos que ocupan.

Sabe que el tiempo se le acaba, que le quedan pocos años, pero eso no quiere decir que se resigne a vivir con los brazos caídos. Aún tiene fuerzas para luchar con el fin de que su nieto regrese a su tierra y pueda tener un presente y un futuro dignos, en un país donde se respete la decisión popular de no apoyar la guerra como fórmula para traer la paz, y donde no te hagan sufrir por enfermedades como la hepatitis C porque no hay vacunas debido a la nefasta política sanitaria en la que es más importante el aspecto económico que el social.

Cuesta, cuesta mucho salir adelante cuando estás rodeado de tanta mentira y manipulación, cuando el mercado laboral no valora tus cualidades ni aptitudes, cuando el dinero público se ha despilfarrado y servido de base para crear fortunas personales, cuando los inmigrantes son tratados con desprecio y xenofobia sin llegar a comprender la realidad de sus lugares de orígenes y qué les ha motivado a emprender el camino de la huida para pedirnos ayuda, y cuando cualquier menor de edad te puede dar una paliza en plena calle y la Justicia, más sorda que ciega, lo protege amparándose en leyes caducas.

Ahora el viejo, más viejo aún que ayer, sigue camino abajo, preguntándose para qué sirve esto de las elecciones y quién se acuerda de las personas que no se sienten representadas por ningún partido, traicionadas a su vez por el devenir posterior al Movimiento 15M cuando sus reivindicaciones anónimas fueron politizadas bajo unas siglas, arrasando así el propio espíritu de aquel. En su cabeza sigue vigente el grito de "¡Que no, que no, que no nos representan!" que tanto le tarareaba su nieto, aquel día en que se perdió el miedo a hacer de las plazas los verdaderos parlamentos, tratando de evitar que unos cuantos se perpetuasen en el poder a costa de canalizar esa falsa democracia para sus intereses particulares. ¿Cambiará todo otras nuevas elecciones o somos nosotros los que aún debemos aprender a cambiar antes de hacernos viejos?

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