Tribuna abierta

Simplemente Acirón

19.12.2015 | 02:00

J amás pensé que tendría que escribir la crónica de la muerte de la persona que más ha influido en mí como periodista y como persona, Ricardo Acirón Royo. No termino de asimilar que físicamente no voy a poder estar con él, ni desayunar los sábados como veníamos haciendo desde hacía varios años en la misma cafetería de La Laguna. Le gustaba estar informado, saber qué había ocurrido con éste o aquel otro periodista, qué era lo último que se cocía sobre los compañeros de profesión. Sin embargo, si por algo me llegó Ricardo fue por sus cualidades humanas. Jamás pensé que detrás de esas gafas y ese vozarrón, como buen maño, de Teruel, se escondiese una persona tan magnífica. Sólo lo vi llorar una vez y fue con un problema muy grave que tuve. Se enteró por una amiga común. No fui capaz de contárselo. Me citó a almorzar en el comedor del aulario central. Cuando habíamos finalizado me paró en la puerta, me miró fijamente y tras darme un golpe en el pecho mientras cerraba los puños al tiempo que se mordía los labios me dijo: "¿Por qué no me has contado el problema por el que estás atravesando?". Y añadió: "Los amigos están para sufrir juntos". Mientras, por sus mejillas se deslizaban dos lagrimones. No supe qué contestarle, solo me abracé fuertemente a él. Ese gesto me demostró que era más sensible de lo que creía.

Ricardo Acirón entró en nuestra familia a mediados de los años sesenta. Recuerdo que me dio clase en EGB, en los cursos de sexto, séptimo y octavo. Fueron asignaturas de Letras, pero en todas ellas trataba de fomentar la redacción periodística. Aún tengo en mi retina la imagen de Ricardo sentado en una silla vigilando el patio del colegio de La Verdellada durante las horas del almuerzo. Con los brazos cruzados y pendiente de que ninguno hiciese una tropelía.

Cuando acudía a casa a almorzar o a merendar en más de una ocasión me hacía escribir una redacción. Recuerdo una especialmente. La de un burrito volador y que escribía sus crónicas. Una vez terminaba cogía el papel, lo doblaba meticulosamente y se lo guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Creo que luego lo leía a sus alumnos en clase. Tal vez ese fue mi inicio en el mundo periodístico.

Para reforzar más los vínculos entre ambas familias, Carmita, su mujer, que era la mejor amiga de mi madre, entró a formar parte de nuestras vidas. Una vez fueron presentados, surgió el flechazo y apenas nueve meses después le dijo a mi padre: "Antonio, que me caso". Tengo el recuerdo vago de los padres de ésta hablando con mi padre y pidiendo antecedentes por el entonces joven Acirón. Sobra decir que fueron excelentes.

Muchas veces oí contar la historia, curiosa de como se conocieron ambas familias.

En la Universidad fue mi profesor y su magisterio lo he agradecido enormemente. Soy un afortunado, le decía a mi hijo la noche en que le comuniqué la muerte del maestro. No podía el chiquillo reprimir sus lágrimas y entre sollozos me decía: "Papi, el viejito se nos ha ido ¿qué haremos sin él?". Sólo acerté a decirle: "Si mantienes sus enseñanzas nunca se irá de nuestras vidas".

Cuando dirigió mi tesis doctoral me ayudó muchísimo aquella máxima de "trabajo, trabajo, trabajo y seriedad". Ese era su patrón de conducta. Y vaya que si me ayudó. Tenía una capacidad de trabajo que era capaz de transmitir a sus alumnos. Cuando finalicé la lectura y antes de que el tribunal se retirase a deliberar pidió la palabra y dijo: "Si hay algún error o fallo, no lo achaquen al doctorando, es culpa mía, no lo juzguen a él sino a mí". Hasta en eso nos ganaba.

Los sábados lo esperaba a la salida de misa. Era hombre profundamente religioso. Sin embargo, Ricardo no estaba conforme y siempre me decía: "Toño, yo estoy en proceso de conversión al cristianismo".

Por mi mente, como si se tratase de una cinta de cine, puedo visionar muchas imágenes de Ricardo. Desde su casa en Llano del Moro, pasando por esas comidas a las que lo convocaba junto con otros periodistas y amigos, hasta su otro hogar en en Caminreal, donde disfruté junto a mis hijos de unos días en el verano de 2013.

Ricardo, allá donde te encuentres, que estoy seguro que es al lado del Creador, estarás en buena compañía de otros periodistas que te precedieron, Pancho Ayala, Antonio Bernal, Juan Quintana, Óscar Zurita o Ernesto Salcedo, entre otros.

Mientras, a nosotros nos has dejado aquí huérfanos de tu compañía, de tu sapiencia, de tu humor, de tus historias. Que buena fue la última que nos contastes antes de partir. Qué manera de acabar con los problemas entre periodistas y que estilo. Todo lo contrario de lo que impera hoy en día donde la cobardía es lo que se estila y en las redes sociales se machaca una y otra vez a los que trabajan. Vamos a omitir nombres pero sí revelaré que fue en el hotel Mencey. Una cena que pagaba la Asociación de la Prensa de Santa Cruz de Tenerife. Fulano se acercó a Mengano y con Ricardo como testigo le espetó: "Menganito, eres un hijo de puta". Y le propinó una piña. Cuando Ricardo trató de separarles el agresor le dijo, "no pasa nada, le he pegado un puñetazo, pero ahora me voy a tomar algo con él".

Bueno, Ricardo, espero que allá arriba no nos abandones a quienes somos tus amigos. No te puedes imaginar la cantidad de llamadas y mensajes que he recibido. Tus consejos han sido mi mejor recompensa y espero no defraudarte nunca, para eso me enseñastes el valor de la lealtad. Amigo y maestro, hasta que pueda renunirme contigo, recibe un fuerte abrazo.

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