Luz de luna

La cultura no es prioridad para el 20 de diciembre

15.12.2015 | 23:39

Durante estas dos semanas las distintas formaciones políticas en liza dentro de las elecciones generales del 20 de diciembre han abordado multitud de aspectos de sus respectivos programas, haciendo énfasis en la corrupción y los teóricos planes de empleo a la par que dejaban a un lado todo lo relativo a la cultura porque se trataba de utilizar otros argumentos para atraer a la masa enfurecida con el fin de mejorar su precaria situación o gestionar el miedo y el apoyo del votante de base para consolidar su permanencia en el poder.

Si hace poco les hablaba del feminicidio como una cuestión de Estado, este mismo parámetro es el que están reclamando muchísimos sectores de la sociedad en relación a aquella. Los políticos solo han tenido boca para debatir lo relativo al IVA cultural, comprometiéndose a rebajarlo del actual 21% a un intervalo entre el 7-10% -según las pretensiones de cada uno- con el fin de situarlo en la órbita de la media del 7% del resto de Europa, teniendo presente que en 2008 el aporte de las actividades relacionadas con ella al producto interior bruto ascendía a 30.254 millones de euros y en 2013 fue de 26.031 millones de euros. A este debate focalizado en este punto solo se le han sumado algunas promesas alusivas a la necesidad de construir nuevas infraestructuras culturales con el fin de modernizar las ya existentes y colocar a España como uno de los referentes europeos en este aspecto, con lo cual se cae en el mismo error de planificar megaespacios innecesarios para atraer a potenciales consumidores como si se tratase de centros comerciales.

El problema es que la cultura no vende en las etapas electorales y el resto del tiempo está sometida a un continuo proceso de cuantificación, es decir, evaluar si el total del dinero público invertido ha sido o no rentable solo desde el punto de vista económico, sin llegar a comprender que aquella no es como un producto bancario que genere necesariamente riqueza, sino que muchas veces es una inversión a fondo perdido que garantiza tanto la formación y ocio de los ciudadanos como su crecimiento personal e intelectual, entre otras características. Por lo tanto, lo que se ha creado es una única línea directriz en la cual se debate la importancia que tiene dentro de ese marco asociado a las empresas y al consumo y no como la necesidad de cubrir unos determinados ámbitos que producen otro tipo de beneficios en las personas. Por eso, la consabida crisis sirvió de excusa para que el Gobierno redujera el gasto en este sector por considerar que era necesario atender a otros aspectos más importantes con el fin de frenar la caída del estado de bienestar, creyendo así que podría reconducir la economía al nivel que tenía anteriormente. La cultura es una simple cifra, no un hecho.

Esos mismos políticos están obcecados en ofrecer un ideario más competitivo que sus rivales y no han sabido ni querido plantear cómo afrontar la situación de desamparo de las bibliotecas públicas, que carecen de ayudas estatales y autonómicas desde hace años; desconocen que gran cantidad de archivos no tienen personal cualificado ni medios materiales para poder adaptarse a las necesidades tecnológicas del siglo XXI en cuanto a proyectos de digitalización y difusión por la Web; no se han planteado estudiar el estado en que se encuentran los museos pertenecientes a las distintas administraciones para relanzar y redefinir su política de marketing y utilidad con fines educativos y de esparcimiento; y apenas tienen nociones de que el sector del libro sigue en franco retroceso, no solo por la falta de ayudas para publicar (en 2008 salieron al mercado 86.330 títulos frente a los 56.030 en 2014) y por el referido IVA, sino por la ausencia de nuevos proyectos que fomenten y estimulen la lectura.

Reaccionemos a tiempo o perderemos paulatinamente el camino recorrido.

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