Tribuna abierta

La segunda parte

15.12.2015 | 02:00

Diez años después de publicar El Quijote, y ante el éxito y la aparición de una continuación apócrifa, Cervantes publica en 1615 su segunda parte. Anotando el texto que escribe mientras dice leerlo por mano de Cide Hamete Benengeli, y tras pagar a un "morisco aljamiado" para que lo traduzca del árabe, sigue enriqueciendo ese eficaz juego de espejos después de inventar a un autor, ocultar su condición de narrador y alquilar a un traductor de su propia historia. Cervantes problematiza a su lector y siembra ambigüedades para que éste les de una respuesta o las abandone. Muchos placeres de esta segunda parte los ofrecen los duques que acogen a don Quijote y Sancho y las mercedes y burlas que les hacen, una cortesía palaciega llena de hastío y de veneno. En Barcelona, don Quijote descubre una imprenta donde se hacen copias del falso Quijote de Avellaneda que ya había desmentido sacando Zaragoza de su itinerario inicial. Allí es derrotado por el bachiller Carrasco, que de nuevo finge ser caballero y le impone a don Quijote una promesa que éste, por la orden de caballería, no puede incumplir. Como La Biblia, El Quijote es un libro formado de muchos libros y autores a cuyas palabras siempre remite fielmente.

Tras salir de Barcelona, don Quijote vuelve a negarse a entrar en Zaragoza y Cervantes, nada menos que a través de un autor arábigo en tiempos inquisitoriales, reescribe el episodio evangélico de Getsemaní en clave caballeresca: mientras don Quijote vela, como Jesús, no rezando a un dios que no le escucha sino a una dama quimérica transformada en labradora que no existe; Sancho duerme pesadamente, como Simón Pedro, y como él es recriminado por su amo. La policía del Sanedrín que entra en el huerto para prender al Cristo son en la novela una manada de cerdos contra los que Sancho, por primera vez, quiere usar la espada de su señor hasta que éste lo disuade. La amistad, la intimidad y la ternura consiguen finalmente que sus identidades, por momentos, se mezclen y confundan: si Cristo usaba parábolas, don Quijote, que empieza recitando poesía épica, termina diciendo refranes; y Sancho razonando con la discreción de un filósofo o "un canónigo". "En verdad, en verdad os digo" que sigo sin encontrar novela con la que disfrute tanto como ésta; una historia que engendró a Sterne, Flaubert, Dostoievski, Kafka o Borges.

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