La Ciprea

Los dinosaurios

14.12.2015 | 23:55

Eso dicen que somos y así dicen que nos comportamos. Como viejos dinosaurios a punto de extinción. Me hago cargo. Pero aún así y en mi condición de animal antiguo llamado a desaparecer debo confesar que me acerco a ese final con la cabeza muy alta incluso por encima de algunas nubes y los ojos bien abiertos al mundo, a sus maltrechos horizontes y a su paulatina marcha hacia el término de muchas de sus historias. Camino pausadamente, con la sabiduría, también caduca, de quien ha visto demasiadas cosas que ya han dejado de interesarle y conmoverle pero aún conserva la esperanza de poder cambiar algunas de ellas antes de dirigirse con los demás animales de su especie hacia el precipicio final. Hacia el frío definitivo.

Desde hace años, mis amigos y parientes más cercanos, corean al unísono el mismo grito de guerra cuando me oyen decir a quién votaré en las próximas elecciones: "Eres un dinosaurio. ¿Votar a Izquierda Unida? ¡En qué cabeza cabe! Ese es un voto perdido. Un voto inútil. Un voto casposo y anticuado. Un voto tirado a la papelera. Hay que hacer que el voto sea útil. Hay que votar con la razón y la lógica, no con el corazón, para evitar que ganen los que no queremos que ganen y el voto sirva para algo. Para que "ellos" no ganen". (Debo aclarar, en honor a la verdad, que ese "ellos" nunca ha estado del todo definido en mi entorno; que cuando los invitados a las urnas de mi alrededor dicen "ellos" están haciendo una clara referencia a los enemigos de la patria y la democracia sean del partido que sean y que suelen ser, por deducción, los demás partidos, nunca el suyo).

Es entonces cuando una comienza el verdadero debate: el de su conciencia contra lo que exige la publicidad, el discurso de los que te rodean, oprimen, presionan, y, finalmente, desprecian. Es un triste dinosaurio, insisten, aún cree en los viejos textos de Hegel o de Marx. Aún lee a Trotsky. Aún escucha las canciones de Lluís Llach y tararea L´estaca y, lo que es más grave, se la sabe de memoria. Va a morir de nostalgia o, peor aún, va a precipitarse, mundo abajo, en un inútil suicidio colectivo. Es posible. No lo niego. Pero aún me quedan muchos paisajes por recorrer, muchos discursos por pronunciar y muchas ilusiones que defender. Es posible que se nos quiebren las rodillas al bajar algunas escaleras; que olvidemos las gafas dentro de la nevera o repitamos dos veces el mismo comentario sobre la misma película. Lo sé. Pero que nadie ponga en duda nuestra persistente marcha hacia las utópicas praderas de este mundo nuestro. Tan reseco a veces.

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