Luz de luna

El consumismo navideño

08.12.2015 | 23:26

Soy alguien en mitad de la calle a las cinco y veinte de la tarde. El río de personas fluye continuamente y no se secará hasta que caiga la noche, momento en que todo se volverá más tenue y acompasado, con el curso del agua perdido en el tiempo del reloj hasta que vuelva a amanecer.

Todas tienen algo que contar envueltas en su rutina diaria, ajenas a que sus propias conversaciones forman parte ya del pasado que hace un instante se vestía de presente. Pasan a mi lado como una corriente eléctrica que me impide ver sus caras, tan fugaces que me ignoran porque solo les importa su individualismo, cocinado lentamente para ofrecérselo ahora en bandeja a los comensales invitados a su fiesta particular, ese corrillo en el cual unos y otros se protegen y se miran de reojo.

En el ambiente se palpa el tema de conversación de las próximas elecciones generales y cada cual diserta sobre la mejor opción política, tratando de influir sobre quienes aún viven dentro de la duda electoral, pero basta con ojear hacia otro lado para darme cuenta del error de esta percepción y comprobar in situ que la gente solo habla por hablar porque de lo que se trata es de estar en calle consumiendo y drogada en el materialismo producto del influjo del período navideño que ya nos amenaza con sus garras. Prolongamos un mes más nuestra verdadera forma de ser.

Las tiendas, alineadas al más puro estilo marcial, te invitan a entrar cortésmente, pero en realidad reclaman tu presencia obligatoria con el fin de comprar compulsivamente para cumplir como un borrego en estas fechas en que debes pagar el canon obligatorio de tu creencia paganocristiana. La gula lo domina todo por mucho que la crisis económica conviva con nosotros, y los problemas económicos para llegar a final de mes no existen para quienes deben cumplir religiosamente con este dogma.

Sigo ahí, parado en mitad de la calle, como en otras tantas ocasiones en la que no dejo de aprender cosas. Observo de reojo un cartel electoral anunciando la candidatura de Ana Oramas al Congreso: este tipo de caras sí las percibo con más nitidez, repetidas hasta la saciedad, mintiendo con su sonrisa falsa, idiotizándonos con la frase del momento en la cual se resumen sus pretensiones de despacho y sus ambiciones.

La marabunta avanza adueñándose de todo el espacio y me doy cuenta que estoy entre dos mundos. En el suelo hay un mendigo al que le faltan la mitad de los dientes de la boca; su ropa se ha convertido en una costra que le da un aspecto deplorable, más acentuado aún si cabe por la multitud de arrugas de su piel producto de la sociedad que se ensañó con él a golpe de la navaja del desprecio. El rechazo de los viandantes es tan exacerbado que lo evitan a toda costa, dejando un espacio mínimo de un metro al cruzarse con él. Nadie lee el cartel que sujeta con una mano y en cual las faltas de ortografía reclaman piedad para poder comer, mientras mueve temblorosamente la otra, con la palma extendida en busca de la caridad que no llega. Ana Oramas no conoce de su existencia, pero quienes forman parte de dicha marabunta le reclamarían que limpiase la calle de personas como esas que balbucean palabras que nadie entiende ni desea comprender, acompañadas de las despreciables babas que les caen por la boca.

Se acerca la Navidad y en el Teatro Leal se estrenará ¡Ay, Carmela!, imagen que me evoca la Guerra Civil con las dos Españas enfrentadas, lo mismo que este mundo en el que muchos se creen héroes y acaban convirtiéndose en villanos, comprando y vendiendo cualquier cosa hasta la dignidad de los mendigos.

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