Luz de luna

El monumento de Franco en Las Raíces

02.12.2015 | 02:00

E l hombre crea y destruye la Historia sin detenerse a pensar lo que conlleva. El derribo del monumento a Francisco Franco, erigido en Las Raíces (El Rosario) en 1958 para recordar el lugar donde se gestó el alzamiento que dio pie a la Guerra Civil, es otro de los ejemplos de la forma de entender el patrimonio histórico en Canarias, pues primero estuvo catalogado como bien de interés cultural, cosa que no deja de ser llamativa, y luego se articularon los mecanismos necesarios para desafectarlo y proceder a su demolición, amparándose en la Ley de la Memoria Histórica (2007) bajo la idea de transformar gran parte de los escombros en el firme para las cunetas de las carreteras.

El Cabildo de Tenerife y el partido Sí Se Puede en esa localidad se han colgado la medalla de la democratización cuando en realidad lo que han hecho es contribuir a hundir la Historia y a afianzar nuestro carácter de desmemoriados. No defiendo que ese monumento debería continuar ocupando un espacio público, pero sí que era necesario reubicarlo en otro lugar a efectos de su conservación como ejemplo simbólico de esculturas monumentales propias de un régimen totalitario y, sobre todo, para enseñar esa rama del conocimiento a las generaciones presentes -manipuladas para que no tengan pensamiento crítico- y futuras -sin autonomía propia y al servicio del Estado-, valorando tanto su simbología como características exógenas materializadas en las pintadas realizadas posteriormente sobre la piedra como muestra de protesta política.

Hay muchos aspectos de la Historia que no se aprenden en los libros, sino analizando in situ el ámbito en el que se desarrollaron. Alemania es uno de los mejores ejemplos donde se realiza esto. Allí se conservan varios restos del Muro de Berlín, y a los alumnos de los centros escolares se les lleva a visitarlo para que contemplen cómo se construyó y de qué materiales estaba compuesto, cuál era la altura infranqueable a la que se tenían que someter quienes querían saltar por encima de él, comprender el papel de las torretas cercanas desde donde los vigilantes disparaban a matar, y valorar la trascendencia de los mensajes en esas paredes tanto como grito de esperanza de quienes deseaban la reunificación como de arte urbano con cotas ya universales. No había que olvidar de un plumazo, sino aprender, y por eso se conservaron algunos vestigios de su estructura, una simbiosis entre la vergüenza pública de lo que hicieron quienes mandaban en la Alemania oriental y el clamor para no cometer el mismo error. De ahí que durante gran parte del año se pueden ver a esos alumnos con sus profesores sentados en el suelo de la sede de la Fundación Topografía del Terror de dicha ciudad, donde se les explica el nazismo y que en ese lugar estuvo la sede de la Gestapo, todo ello acompañado bajo la sórdida mirada del Muro.

En nuestro caso, el Cabildo desechó las opiniones relativas a colocarlo en un museo para ese mismo fin porque aquí todo se soluciona con otro yugo parecido al del franquismo: el del pico y la pala. En Camboya también se erigió un museo de los horrores cometidos por el Jemer Rojo y en Polonia se hizo lo propio con el de Auschwitz-Birkenau, el temido campo de exterminio nazi. Cuando has visitado uno como este último y permaneces en silencio en medio del patio común donde aún se huele a muerte y hacinamiento, y donde el silencio es una mala hierba que se enreda en tus piernas, o cuando has estado dentro de uno de sus vagones de la aniquilación, sumido en la oscuridad, aturdido por la claustrofobia de sus paredes de madera en la que solo hay una pequeña rendija a modo de ventana para respirar y en el suelo viejas manchas, mezcla de vómitos, excrementos y sangre de quienes fueron carne para el matadero, entonces entiendes y retienes lo que jamás te enseñarán los libros.

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