La Ciprea

Como polvo de estrellas

01.12.2015 | 00:20

E lla lo dijo. "De mí solo quedará polvo de estrellas... Y en ese polvo me convertiré...". Lo dijo cuando ya sabía de su muerte y se preparaba para recibirla. Se llamaba María Teresa Calero Hernández y ha dado tal lección de buen morir que deberían ponerla como asignatura obligatoria en los colegios para que los niños aprendieran lo que es la dignidad y la entereza. También los adultos deberían aprenderla. Yo la he aprendido. Cogida de su mano y en clases intensivas ella me explicó cómo era su muerte; lo que de ella estaba conociendo; cómo era su rostro más amable; lo que ella sentía al tratarla tan de cerca; cómo reaccionaba su cuerpo mientras se acercaba el momento de dejarnos; y muchas más cosas que fueron las explicaciones de un momento que muy pocos tienen el coraje de afrontar. Que a vivir nos enseñan, me decía, pero a morir, no.

Era una mujer vital y alegre y acogió la noticia de su enfermedad con la misma disposición y fortaleza que le conocíamos para la vida. Incluso la recibió como solía recibir a los amigos: sonriendo y con los brazos abiertos. Sin miedo, sin agresividad, sin hacer alardes. Lo supo. Supo los meses que le quedaban de vida y comenzó su alentadora enseñanza. Reunió a los hijos y les habló, les explicó lo que deseaba que fueran esos meses finales y cómo debían prepararse para su pérdida. Organizó los viajes de despedida a lugares que había amado y de las personas que aún amaba. Se compró vestidos para estar bella y se pintó los labios para reírse y darnos color. Me llamó un día y me encargó que le escribiera algo para decirlo el día que se fuera. Se lo prometí y tres días antes de su muerte me acerqué a su cama y se lo leí al oído. Hablaba de su amor por los demás, de su entrega generosa a los otros. "No dejes de sonreír". Le dije. Luego la besé y me fui.

Algunas veces nos llega la visita de alguien que nos deja la casa impregnada de su olor. Hay seres humanos que, además, nos dejan su alma enredada a la nuestra y que pasan por nuestra vida sin grandes alharacas, sin prisas y sin miedos y que, cuando se alejan de nosotros, percibimos su ausencia como una brisa suave que nos hace el camino menos amargo. Ella era así. Fuerte y aleccionadora. Y ha hecho de su enfermedad y su muerte no un castigo para los demás, no una continua quejumbre, no un constante hacernos sentir culpables, sino, más bien al contrario, un largo paseo cogida de su abrazo aprendiendo lo que significa saber morir.

Para María Teresa
Calero Hernández

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