Luz de luna

Alcalde, senador, diputado y empresario

25.11.2015 | 02:00

No aprendemos de nuestros errores y seguimos reproduciéndolos una vez tras otra. La política se ha convertido en un muro infranqueable donde unos cuantos se atrincheran año tras año para defender su ideario hasta la muerte; sus ansias de autoridad son infinitas, y el ego que les rodea es una muestra de la falta de saneamiento de esta actividad totalmente degradada y desgastada.

Ahora que se aproximan otras elecciones generales y que la corrupción sigue asentada, me pregunto una vez más si continuamos siendo tan ciegos para no cuestionar este modelo de gobierno. El panorama desolador en el que estamos atrapados no se soluciona con tertulias acaloradas sobre el desastroso estado de la sanidad y la educación ni con promesas de despacho ni menos aún el marketing orquestado para ensalzar la importancia de la democracia surgida hace cuarenta años. Si el hecho de depositar una papeleta electoral en una urna es la muestra clara de que se escucha al pueblo, entonces Franco también era un demócrata porque permitió que se realizaran elecciones durante gran parte del tiempo en el que gobernó bajo la fórmula de los denominados tercios.

La vieja clase política, que representó el cambio bajo la fórmula de la Transición, y sus delfines, que se han criado comiendo de su mano, la conciben aún como una escuela en la que van ascendiendo progresivamente con la ambición de perpetuarse en el poder, y asumen y defienden el rol de que tienen la suficiente capacidad y el derecho natural para gobernar y decidir por nosotros.

Las instituciones de gobierno nacidas tras esa Transición son otra muestra del atraso en el que vivimos porque garantizan el trasvase de aquellos en función de sus intereses: una mañana se integran en las juventudes del partido de turno y al mediodía ya son concejales o alcaldes, a la espera de que llegue el atardecer para saciar su gula ocupando una plaza de senador o diputado, mientras miran de reojo el anochecer con el fin de acabar la jornada recolocados en alguna de las muchas empresas privadas a las que favorecieron.

Por eso, no cuestionan el sistema, ya que les permite ejercer el dominio sobre el resto amparándose en una ley electoral que rechaza la propuesta de un hombre un voto, sin importarles lo que digamos al respecto ni menos aún que ellos mismos o alguno de sus compañeros estén implicados en procesos de corrupción, lo cual moralmente debería hacerles renunciar por respeto a la sociedad y al propio cargo que ocupan.

España no es un país democrático cuando se gobierna a golpe de decreto y se recortan los derechos y libertades para asegurar el establishment en el que se apoya esa clase política legitimada con nuestros votos y financiada por las fuerzas económicas. La Transición no devolvió la libertad, sino que contribuyó a gestar una clase dirigente que controla todos los resortes de ese poder, haciéndonos creer que nos escuchan para introducir los cambios y mejoras oportunas cuando en realidad preparan desde la base a quienes han de sustituirles para que nada cambie.

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