Con mano izquierda

Las tareas escolares, a examen

20.11.2015 | 02:00

A estas alturas del curso, recuerdo bien cuánto me llamó la atención el llamamiento a una "huelga de deberes" promovida por la Federación de Consejos de Padres de Alumnos de Francia hace ya algún tiempo. Lo que denunciaban nuestros vecinos era que las tareas escolares resultaban antipedagógicas, causaban tensiones en el seno familiar al obligar a los padres a ejercer de profesores, alargaban innecesariamente la larga jornada lectiva, impedían a los niños dedicar un tiempo a la lectura y aumentaban las desigualdades entre los alumnos que podían beneficiarse de la ayuda de sus familias y los que no. Su premisa rezaba: "los escolares tienen que mostrar en casa lo que han hecho en clase, no mostrar en clase lo que han hecho en casa".

Personalmente, concedo a este asunto la mayor trascendencia. Considero que los deberes colegiales son esenciales para que los muchachos adquieran tanto su cuota de responsabilidad para el futuro como la madurez necesaria para gestionar su tiempo. Al menos, así lo fue en mi etapa estudiantil. Sin embargo, los jóvenes de hoy en día se ven con frecuencia en la tesitura de demostrar en las aulas lo que han aprendido en sus hogares. En otras palabras, de poner de manifiesto la capacidad que tienen sus padres para la docencia y para la supervisión de sus asignaturas. Y aquí ya entramos en el injusto terreno de la desigualdad, puesto que no en todas las casas se parte de una misma base cultural, ni de similares medios económicos ni de idéntica disponibilidad de tiempo.

Aprecio razones a favor de los deberes a domicilio que están fuera de toda duda y la principal de todas ellas es que constituyen un vehículo de transmisión de valores tan positivos y necesarios como la disciplina, el esfuerzo, la constancia y el tesón. Sirven, asimismo, para consolidar los conocimientos y habilidades que se adquieren en la escuela. Pero también podría esgrimir varios argumentos que desmontan la idoneidad de esta práctica, sobre todo en las edades más tempranas. Está demostrado que un niño de Primaria atraviesa por una fase incipiente de desarrollo personal e intelectual en la que necesita jugar para desarrollar todas sus capacidades, aprovechar su extraordinaria imaginación y no matar su creatividad. Por lo tanto, con un exceso de trabajo corre el riesgo de aburrirse y de gestar una actitud negativa hacia materias como Lengua y Matemáticas, simplemente porque todavía no está preparado para asumir esa sobrecarga. Esas actividades adicionales se le han de exigir dentro de un orden y, sobre todo, en su justa medida. En este punto, convendría recordar que, por regla general, los adultos no solemos llevarnos trabajo a casa después de la jornada laboral y menos aún los fines de semana.

Por otra parte, también encuentro sumamente negativa esa insana competitividad que padecen los chiquillos en lo concerniente a las notas, y cuyo origen se encuentra muy a menudo en las pretensiones de sus mayores. De hecho, cada vez son más los progenitores que suplantan a sus hijos en la realización de trabajos con el ánimo de que éstos obtengan una calificación superior.

En definitiva, si para que un estudiante responda adecuadamente a las exigencias formativas necesita de una tutela continua, algo está fallando. Se impone una honesta y sincera revisión de esta errónea confusión de roles, porque no es de recibo que la enseñanza recaiga sobre los padres ni que la educación recaiga sobre los profesores.

Mi apuesta pasa por acudir a ese sabio aforismo latino que defiende que en el medio está la virtud. Lo verdaderamente relevante es aprender a pensar y no confundir la capacidad intelectual con el volumen de información adquirida. No obstante, para alcanzar esa meta resulta imprescindible otorgar la máxima importancia a la rutina diaria del esfuerzo. Nuestros hijos crecen a pasos agigantados y, si aspiran a integrarse en el incierto mercado laboral, tendrán que avanzar cada día por un camino que no admite atajos.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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