Por peteneras

Amos de la guerra

17.11.2015 | 23:36

G aza, Damasco, Beirut, París o el poblado de la Celsa. Los nombres de los lugares no son más que las huellas impresas que las poblaciones migrantes han ido escribiendo en los libros de viajes. En algún momento de su historia acabarán siendo escenarios de alguna tragedia y ofrecerán una muestra de edificios derruidos, un paisaje desolador en el que sus habitantes se han acostumbrado a respirar el polvo de la destrucción y a usar el odio como estigma y semilla de la especie. En Charming, un pequeño pueblo en el centro de la ficción, al sur de California, los moteros mafiosos venden a los espaldas mojadas los fusiles rusos que han comprado a los restos del IRA auténtico, los mismos que acabarán en manos de las bandas de negratas que controlan el tráfico de caballo cortado, a partir de las cosechas de la amapola oriental. Más tarde se las robarán de nuevo para activar el comercio y pactar una paz que permita la estabilidad económica de la zona durante un ciclo económico. Las potencias europeas se venden armas entre ellas para distribuirlas por el planeta de acuerdo al plan diseñado por los aprendices de financiero que esnifan perico a orillas del río Charles. Al menos los moteros no meten a Dios en sus negocios y limitan la religión a los valores de la familia. Hace tiempo que la serpiente hizo la puesta y colocó las marcas de su progenie en diferentes nidos de Europa. Los embriones del ofidio duermen en todos los rincones y maduran con parsimonia mientras se alimentan de plomo y de petróleo. A su alrededor, bandadas de cuervos vestidos con sotanas de guerra y túnicas de alma oscura practican exorcismos siniestros en honor a la patria. ¡Ah, la patria! La "suela de los zapatos" de Mariano Ibeas, el espacio ideológico donde habita la diferencia, donde se funden los hierros de las medallas y en el que se tiñen los colores de las banderas, el huevo infernal del que nacen las guerras, según al aviso profético de Guy de Maupassant. En cada Charming hay un pacto entre el policía corrupto, el especulador inmobiliario y el capo de la banda de moteros. En cada país y en cada estado hay un rey sin camisa, un banquero que le paga las putas y un ejército que le garantiza la paz romana, la ley del silencio, el pacto de los clérigos. En cada Charming hay una tragedia latente, una imitación coloreada de la vida real, una reproducción salvaje de la sociedad, un trasunto vestido con chupa de cuero. La realidad que nos han vendido no es otra cosa que la transformación de la invención literaria en un simulacro que sucede en nuestro tiempo. Cada especie tiene uno propio en el que resuenan sus ritmos internos, tras sincronizarse con la dualidad básica por la que existe el universo. Cada especie procede de la nada, tras la cópula entre la patria y la religión, y se prepara a sí misma para la destrucción.

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