Tomando el pulso

Paella de despacho

17.11.2015 | 02:00

C uántas veces una paella puede ser la excusa perfecta para reunir a familiares, conocidos y amigos. Todos juntos, ya que hasta los ausentes, ese día están presentes, no siendo lo mismo por separado ya que siempre habrá alguien que le entre la timidez, seleccionando sus movimientos y comentarios, por si acaso vaya a alcanzar cuando llegue a casa. Primero se pone la fecha, mejor un sábado ya que así el domingo descansan todos de la resaca y baño de multitudes del día anterior. La confección de la paella no tiene complicación cuando se tienen las ideas claras. Un puntal de cocinero y un bético de pinche, garantizan un buen resultado final. Los cuchillos, bien afilados, para cortar toda la fritura compuesta de cebolla, tomate, ajo y pimiento. Si por casualidad uno se corta, se acude al botiquín de la Mutua correspondiente y con agua oxigenada, Betadine y una tirita, es suficiente para con arte, continuar en la faena gastronómica. Es fundamental que ambos durante la preparación se duchen por dentro con unas cañitas, en copa o en vaso normal. Siete kilos de carne dividida en cerdo, pollo y conejo son suficientes para mezclar con el caldo de cocido, judiones, habichuelas, zanahorias y aceitunas. Las especias como la curcuma, el comino y el jengibre se encargan de dar sabor al caldo pendiente de rectificación de sal. Llega el momento del famoso arroz bomba, capricho del Chef, que distribuye de forma continuada por toda la paellera antes de revolver, cocinar y sentar. Una celebración que consiga esta reunión junto con el agradecimiento del alrededor, que no paga sino la bebida, es motivo suficiente para entonar aquello de: "Donde se ponga el original, que se quite la copia" y "mejor un evento anual que saturación del mismo". De todo lo anterior se sacan unas ciento cincuenta raciones y hasta el que pasaba por el lugar un tanto despistado pero con la boca haciéndole agua, al ver la movida exclamaba: ¿Me puedo quedar? El proceso de servir es un coñazo, al tener que separar los platos de plástico y acompañarlos de tenedor o cuchara. Los que realizan esta acción siempre suelen ser los mismos, quizás por vergüenza torera. En fin, terminar con el último granito de arroz, aplausos y dar paso a la parranda junto con los Gin-Tónics que nos llevan a reconocer que la mejor paella no es la valenciana sino la de Despacho. ¡Ole!

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