La Ciprea

No eran franceses. No lo eran

17.11.2015 | 02:00

C uando ocurre algo tan terrible como la muerte de nuestros semejantes en una tragedia, la gente grita, llora, insulta, se deprime, se esconde, se irrita, razona o pide venganza. He observado las diferencias que existen entre unos seres humanos y otros; a dónde llegan los comentarios, las conversaciones y las actitudes. He visto cómo al dolor siguen las palabras, los cantos, las banderas, las manifestaciones y las consecuencias. Cómo el pueblo deja flores en el suelo, enciende velas y reza. Cómo los gobernantes pronuncian grandes discursos sobre lo ocurrido y cómo determinan actos que demuestran sus posiciones al respecto: bombardear, seguir la escalada del terror, aumentar su armamento y el armamento de los otros. He visto buscar y descubrir a los terroristas y detener a amigos y familiares. Y he visto movimientos ciudadanos en contra del terror que siembran estos asesinos a sueldo de ideologías y fanatismos.

Pero debo confesar mi tristeza al no escuchar ninguna declaración de vergüenza política al saber que algunos eran jóvenes sin futuro, sin educación, sin participación en la vida de la ciudad que los vio nacer. Dicen las noticias que algunos de los terroristas eran franceses. No es verdad. Ellos no eran franceses. Al menos en el sentido que damos al "ser" no al "estar". Ni vivían como los franceses, ni acudían a escuelas francesas, ni habían sido absorbidos por la cultura francesa. Ser de un país equivale no solo a hablar su lengua sino sentirte parte de él. Si vives en un gueto, si en tu escuela enseñan lo mismo que en tu país de origen, si vistes igual, comes lo mismo y cantas y bailas la música que cantaron y bailaron tus bisabuelos, eso significa que no has asimilado las costumbres y la cultura del país donde vives.

Muchos de los inmigrantes que llegan a Europa se asientan en lugares donde hay gentes de su misma raza y de su misma religión y donde viven como si nunca hubieran salido de su país. La única manera de no integrarse jamás. En París hay mezquitas para que los musulmanes recen y hay imanes que las dirigen y enseñan a odiar al país que los acogió y que nunca les enseñó a ser ciudadanos libres, iguales y fraternales. Francia no les dio educación ni trabajo, los explotó en sueldos y en condiciones de vida, y no solo no les ayudó a integrarse sino más bien los desintegró. Y ellos, en su doble o triple vida, fueron desmembrados. Desubicados, buscaron refugio en falsos dioses y en falsas ideas sobre quiénes son los que les rodean que no son otros que infieles a los que hay que destruir. Y así ha sido.

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