La Ciprea

Sobre Cataluña y sus gobernantes

09.11.2015 | 23:38

E l 11 de mayo de 1999 escribí un artículo dedicado al señor Pujol y a sus amigos (así rezaba la dedicatoria). El texto se titulaba ¿hablar catalán nos hace más altos? y en él escribía cosas que irremediablemente y cada cierto tiempo marcan el reloj de los pueblos que han sido machacados de alguna forma por gobiernos más fuertes o más poderosos y que periódicamente necesitan reivindicar su lengua, su cultura o su identidad para sentirse vivos. A vueltas siempre con sus complejos de culpa o de rechazo o de repulsa hacia lo que les proponen como "enemigos" y que, desde luego, no lo son. Los enemigos son los gobiernos o los gobernantes, para ser más exactos, que nos lanzan al ruedo para que nos despedacemos mientras ellos se inflan a comer y a beber en los palcos.

Cuando Mas toma la palabra me recuerda en todo a su amigo Pujol. Sus palabras son las mismas y el reflejo popular, idéntico. Volver a repetir los mismos gestos, repetir las mismas actitudes es la señal para que ayer, como hoy, el pueblo olvide lo que sus gobernantes hacen con ellos que no es otra cosa que robarles y humillarlos constantemente, dejarlos sin sanidad, sin buenos transportes, sin educación y sin pan. Porque esos señores que gritan libertad o independencia o lo que toque gritar con las nuevas y ya antiguas consignas, se han comido todo el que había en las paneras. Los Pujol y los Mas de este planeta enardecen a sus súbditos con proclamas en las que piden una independencia que ellos nunca le darán porque la independencia pasa por tener para comer y ellos ya se lo han comido todo y a sus súbditos solo les quedan las banderas y los símbolos que han puesto en sus manos.

Escribo esto sin saber aún lo que el parlamento catalán ha decidido sobre su futuro. Da igual. Suceda lo que suceda, los catalanes y muchos de sus vecinos aragoneses o castellanos se estarán preguntando qué diferencia hay en ser una cosa o la otra; qué diablos es eso de tener un matasellos en la frente que indique lo que hablas o lo que piensas; quién o qué dispone de sus creencias, sus costumbres y sus vidas y quiénes son los que se sientan en unos bancos, bien comidos y servidos, para hablar de su lengua y sus tradiciones en lugar de hacerlo sobre su hambre o sus necesidades. Esa era la pregunta, no si quieren pertenecer a Europa o a Venezuela, hablar catalán o ruso, ponerse barretina o hacerse un tocado alpino. Y, sobre todo, ¿quién les ha dicho a esos caballeros que ellos son más catalanes que el resto de los españoles?

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