Azul y blanco

Tete, un sueño (1)

09.11.2015 | 02:00

E l Tenerife, como club, vivía sus horas más bajas. El equipo estaba hundido, descolocada la directiva, descabezado el entrenador y la afición desmoralizada. El diagnóstico, directo, rezaba: depresión profunda.

Paulino tenía ante sí todo un reto, que no dejaría pasar. Como presidente del nuevo Tenerife, llevaría de la mano al "tinerfeñismo" hasta cotas jamás logradas. El artículo 5.3 de la Ley 3/97, de Incompatibilidades de los miembros del gobierno (€) de la Comunidad autónoma de Canarias no sería obstáculo. El Tenerife es, ante todo, un sentimiento; luego no es una empresa. La evidencia de este extremo haría inaplicable la "cruel" norma; aprobada bajo la presidencia de alguien que, como él, fue presidente de Canarias después de ser un alcalde querido.

Paulino había logrado ser presidente de nuevo, pero del Club Deportivo Tenerife. Los grandes, medianos y pequeños accionistas lo respaldaron. El 100% del capital social respondió "sí" a su candidatura. Elegido por aclamación era lo nunca visto, lo que él siempre había soñado.
El equipo, canterano hasta la médula, logra ese mismo año subir a primera. La euforia de peñas y aficionados se desataba en la calle.

A finales de agosto comienza una nueva temporada de liga. De primeras, toca enfrentarse al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. El presidente del Tenerife, en el palco, lo goza junto al presidente del Gobierno de España, el Jefe del Estado y el del club anfitrión; una posición privilegiada, así lo establece el protocolo deportivo. La parlamentaria en Cortes lo observaba de abajo a arriba, resignada. El resultado, 1-2, histórico, provoca las felicitaciones de sus ilustres vecinos de asiento. Reparó en que el presidente de Canarias lo había abandonado antes de tiempo, bajo disculpa de tener que coger un avión. Nadie se lo creyó: aquel día era sábado.

Los medios de comunicación, incluso los no especializados o deportivos, abrían sumarios y portadas con las sensaciones de un Tenerife imparable hacia el estrellato. Paulino estaba, de nuevo, en el candelero; su verdadero sueño.

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