Retiro lo escrito

Impunidades

06.11.2015 | 02:00

C uando comenzaron aflorar nombres, cifras y metodologías en el caso Willy García un comentario machacón no tardó en florecer en conversas cafeteras y tertulias de bareto: "¿cómo se atrevió a llegar tan lejos?". No es mala pregunta. ¿Cómo te arriesgas así para –sin entrar en otras consideraciones éticas– arriesgar prestigio profesional, imagen personal y quizás libertad bajo fianza? Y la respuesta no es muy difícil. Consiste en la impunidad. En una sensación de impunidad tranquilizadora, y hasta estimulante, porque te crees protegido por el Número Uno, y el Número Uno no te dejará caer. Además se trata de una cultura profesional donde periodismo, negocios y amistades políticas fulgían como prótesis dentales de oro macizo en esta incomparable capital del Atlántico.

Ah, esas terrazas de verano chicharreras de los años noventa. Era un descubrimiento salir y encontrarte a periodistas y locutores casi imberbes que habían montado su pequeño garito estival a través (por supuesto) de concursos públicos irreprochables. Desde entonces esta gente, gente como Willy García por ejemplo, siempre estuvo un poco confundida, como los cuervos que vuelven una y otra vez a los campos de trigo convencidos de que los plantaron para ellos. ¿Y qué vas a pensar si el espantapájaros es un colega, te deja vía libre a las mazorcas y te permite montar una terraza de verano en el viejo cobertizo con una mano en el corazón y otra en una botella de bourbon?

El largo mandato electoral de Paulino Rivero no tuvo como eslogan Canarias un solo pueblo ni Canarias por encima de todo, no. Si hubiera que elegir un auténtico eslogan debía ser algo así como Por mis gónadas peludas. Los que por convencimiento sincero o porque les viene bien la hilarante leyenda de un Rivero por encima de crasos intereses insularistas, cuasiheroico caudillo frente al Partido Popular e incansable defensor del Estado de Bienestar –no he visto una farsa tan grotesca en los últimos 25 años– deberían pensar en lo que supone conceder una subvención multimillonaria al Club Deportivo Tenerife –a costa de esquilmar los apoyos a pequeños equipos y al fútbol infantil y juvenil– para pretender convertirse en el presidente de la entidad blanquiazul apenas año y medio después.

El cuajo, el inmenso cuajo que hay que gastar para diseñar esta operación, y el desprecio punto menos que demencial que demuestra hacia el ordenamiento jurídico y, en último término, a la Presidencia del Gobierno como institución pública. Reflexionen un momento al respecto y dejen de comprar la hedionda burra de cinco patas que este individuo pretendió venderles mientras ejercía el poder como si no hubiera mañana. Y no me refiero estrictamente a la acción de gobierno. A Rivero le interesó más el ejercicio del poder para conservar el poder que para cualquier otra cosa.
www.alfonsogonzalezjerez.com

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine