La Ciprea

Ser española

03.11.2015 | 02:00

S i para ser española necesito que mi sello de Fernando Poó esté en la portada del ABC, voy dada (ya saben que faltaron tres y, entre ellos, el mío). Si para serlo tengo que responder a varias preguntas de las cuales no tengo ni idea, no veo salida alguna a mis ansias de ser tan española como la que más. Si el requisito es jurar fidelidad al rey mediante un acta notarial, pues creo que tampoco aprobaría. Y si la cuestión es responder a los cuestionarios que el Instituto Cervantes se encarga de realizar, me encuentro en la tesitura de confesar mi desconocimiento de algunas respuestas constitucionales o socioculturales que me proponen, pues del listado de 300 preguntas para superar el examen que me acreditará para obtener la nacionalidad, no creo que llegue a las 15 obligatorias. Ya cuando entro a contestar la primera me quedo bloqueada. "¿El mando supremo de las Fuerzas Armadas corresponde al Rey, al ministro de Defensa o al presidente del gobierno?" (¡Vaya usted a saber!). "¿Dónde se puede encontrar un servicio de préstamo: en una biblioteca, en un taller de coches o en un supermercado?" (Esta es de traca). "Los valores superiores del ordenamiento jurídico de España son: el pluralismo político, la libertad, la justicia y la...". (¿De qué diablos hablan?).
Realmente ser española se pone cada vez más difícil. Ni me proyectan adecuadamente en el ABC, ni me salen bien los exámenes, ni me siento yo especialmente abocada a tal fin. Empiezo a pensar que serlo es más complicado de lo que yo creía. Entre tener que tragarme desfiles y portadas reales con imágenes pasteleras y babosas, afrontar las discusiones de los amigos sobre si eres catalán o español con el pedigrí adecuado, verme abocada a dar explicaciones sobre orígenes y limpieza de sangre a saber si soy canaria, africana, cubana o neerlandesa, sentirme conversa y a punto siempre de ser expulsada de las diversas cortes que forman el mapa plural y discontinuo del país, etc., etc., se me han pasado los años y me temo que todo este asunto se ha convertido en un largo camino que ya no tengo tiempo de recorrer.

He vivido feliz pensando que bastaba para ser española con querer serlo y sentir que lo era. Parece que no, porque hemos perdido el derecho a sentirnos lo que queramos sentirnos, seamos del color que seamos y hablemos como hablemos. Y a fecha de hoy aún no he conseguido que el gobierno, el Instituto Cervantes, familiares y amigos se aclaren sobre mi nacionalidad aunque me exprese correctamente en la lengua de quien me interroga, piense en la misma lengua que escribo e incluso ame con locura el lugar donde siempre he vivido.

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