Tribuna abierta

La envidia, ese mal tan español

01.11.2015 | 02:00

Decía Quevedo que la envidia es tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Y, efectivamente, es una gran verdad. Una más de las que nos ha dejado el flamante escritor Francisco Gómez de Quevedo Villegas, a la par que un mal muy español, no sabemos si por ser latinos o por ser españoles.

Habría que realizar un estudio antropológico profundo para determinarlo y colaborar a poner remedio y aprender a arrinconarla, pues solo crea episodios de frustración que emergen de la comparación con nuestros semejantes. El verdadero envidioso, que los hay en abundancia, hace de ello el leitmotiv de su vida.

Es verdad que tener envidia está en todos los seres humanos, pero no por ello nos convertiremos en envidiosos.

El verdadero envidioso siente siempre que sale perdiendo porque nunca tendrá lo que el otro posee (estilo, triunfo, belleza, brillantez, condición social, etc), pero atribuye su desventaja a una injusticia. Además, suele ser inconsciente de que la envidia lo hace infeliz y el envidiado no se entera de serlo. Luego, el esfuerzo resulta absurdo.

El envidioso generalmente es un acomplejado y se queda a merced de la queja y la rabia de la sensación de inferioridad.
En la noble actividad de la política hay un porcentaje no desdeñable y, por tanto no deseable, de envidiosos, que hace de su envidia su ideología y que daña a esta actividad y a la organización a la que pertenece. Y eso sabiendo que nunca se saca nada positivo y que no sirve para nada, solo para tratar de hacer daño al semejante sin conseguirlo casi nunca.

La envidia no tiene sexo, ni religión, ni edad, ni clase social. Solo tiene una máxima: si yo no puedo, tú tampoco.
Produce un aislamiento del envidioso porque daña la capacidad de disfrutar con los demás. El envidioso tiene una triste vida porque va asociada al deseo de destruir lo bueno que el envidiado tiene y por eso es siempre reprobable y destructivo.

Como decían recientemente Isabel Serrano Rosa y María Jesús M. Prada acertadamente, hay que dejar a un lado las comparaciones, que nunca ayudan, y comenzar a perseguir nuestros objetivos, centrados en nuestras habilidades y capacidades, desarrollando así nuestra autoestima. Es importante huir de la victimización y fomentar lo contrario de la envidia, que es la admiración, el sentimiento de valoración y el respeto por el otro. Valoremos cómo lo consiguió y cómo podemos mejorarlo. La envidia significa enfado, la admiración es motivación. Como dice un conocido proverbio: "si miras mi éxito, mira mi sacrificio". Cuando se supera la envidia, se desarrolla la inteligencia social. Uno se vuelve agradecido, capaz de compartir y cooperar con los demás.

Si alguien de nuestro entorno intenta estropear nuestras ilusiones, nos roba el mérito, nos critica y nos juzga en público, quiere quitarnos lo que hemos logrado, obstaculiza nuestros objetivos, intenta boicotear nuestros éxitos, necesita sentirse más que nosotros e, incluso, notamos los deseos de venganza, estamos sin lugar a dudas en presencia de un envidioso activo. Estamos ante una clásica personalidad tóxica, como ya hemos comentado en otro artículo anterior, y nosotros sabemos por experiencia identificarlas con facilidad. Los sufrimos. Si finalmente nada funciona para subsanarlo, es alguien que no nos interesa y lo mejor es evitarlo. La envidia, ese mal tan español. Como decía Miguel de Unamuno, "la envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual".

antonio.alarco@lalaguna.es
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