Tribuna abierta

El síndrome de la respuesta única

27.10.2015 | 02:00

El sistema educativo español actual, previo a la universidad, obliga a los estudiantes a colarse por un cuello de botella llamado PAU (Prueba de Acceso a la Universidad), en otros tiempos Selectividad. Este embudo ofrece una especie de validación de conocimientos que evidencian, de manera casi antediluviana, que el alumno, tras pasar por la educación infantil, seis años en primaria, cuatro en secundaria y dos en bachillerato puede "justificar" que "sabe".

Y esta prueba es la llave para su paso al mundo universitario, es decir, su superación dejará constancia que esa persona está preparada para afrontar la recepción de una formación superior. Aún en el siglo XXI somos capaces, y así lo han considerado todos los responsables de las diferentes leyes educativas de la democracia, de depositar en un solo examen el futuro de nuestro futuro. Temible.

Pese a todo, pese a que el sentido común no parece aplicarse en la redacción de estas propuestas metodológicas, la inclusión de dichas siglas es una espada de Damocles que pende sobre las conciencias de los profesores de Bachillerato y, lo que es peor, sobre alumnos y padres.

La PAU es la fiesta de la respuesta única. Al primer curso universitario llegan cada año alumnos sin capacidad de juicio ni criterio sancionador. Porque han dedicado sus dos últimos años de instituto a forjar las respuestas exactas que se les iba a preguntar en la PAU. Son estudiantes que rebuscan entre la sinapsis de sus neuronas la solución estereotipada al problema propuesto; y cuando, en ocasiones, se les plantean soluciones desde otro punto de vista, se estrellan ante un mar de incertidumbres.

Una y otra vez recibimos quejas de los alumnos: "los ejercicios que hicimos en clase son diferentes a los que salieron en el examen", dicen, y es muy difícil hacerles entender que el resultado es diferente, pero que lo que tienen que dominar es el método, el proceso, que deben aplicar. La Prueba de Acceso a la Universidad se ha convertido en un prontuario mecánico de resolución de problemas clásicos, y desgraciadamente en la escuela, hoy por hoy, el sistema sigue preocupándose más en hacer memorizar estas fórmulas que en desarrollar una competencia crítica para aplicar "otras" posibles soluciones. (Quiero remarcar que mi crítica a la PAU sólo es un ejemplo, y aseguro que el único problema existente no radica en esa prueba).

Con estos mimbres, los dos primeros cursos de grado se traducen en un continuo "desaprender" para conseguir "aprender" el funcionamiento de las cosas, para observar, analizar, proponer, discutir, argumentar, documentarse y resolver. Es por ello que la mecánica de las metodologías de aprendizaje basado en problemas y proyectos se torna fundamental: la vida no está escrita en un libro de texto, y todo no se puede resolver aplicando una fórmula única.

La visión creativa de la resolución de problemas es, cada día, más importante y necesaria y, por ello, tendremos que conseguir, en algún momento, que en la escuela se empiece a "enseñar desde el cerebro del que aprende", como ha indicado el decano de la facultad de Educación de la Camilo José Cela, José Antonio Fernández Bravo, y no desde el cerebro del que hace las leyes, como hasta ahora venía sucediendo.

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