Zigurat

El oficio más solitario

23.10.2015 | 23:44

E s muy dura la existencia. En ella a veces rigurosa la vocación personal. De manera tal que, por ejemplo, muchas son las definiciones acerca del oficio más solitario: escribir. Suele destacarse la definición concedida por Gabriel García Márquez, también la forjada por Jorge Luis Borges y su hipotética y deliberada otredad, la del "otro bonaerense" Jorge Luis Borges, y así muchas otras definiciones más acerca del oficio de escribir. Éste lo es más cuando una sociedad que se blinda no por la cultura sino opuesta a ella y hace de la incultura una perversa por constante histórica, puede, no siempre, convertir a quienes escriben en sujetos excéntricos.

A comienzos de 1980 -interrumpiendo dolorosamente mis estudios de Derecho- resulté aquejado por una grave enfermedad oftálmica, siendo un excelente oftalmólogo, el Doctor Guillermo Fornies y Díaz-Saavedra, quien impidió el trasplante de córnea. Así y todo, pude leer -el ojo derecho, incólume, afortunadamente, pero acechaba la amenaza de que pudiera resultar aquejado-, y recuerdo como mi entrañable madre -sacrificó dos exposiciones pictóricas suyas, una en Caracas y otra en California (EEUU)- me entregaba las obras escogidas de Jorge Luis Borges, libros que me dedicó cariñosamente un año antes de su definitiva partida. La grave enfermedad que me obligó a permanecer en absoluto reposo [casi un mes, por la fotofobia, en la oscura soledad de mi habitación], sentado, leyendo y hasta escribiendo y, sobre todo, meditando en retirarme paulatinamente de cierta organización política en la cual militaba y en tratar de reorientar mi existencia, lo que es siempre bastante complejo.

En tan abrumadora soledad esbocé mentalmente un cuento que luego me atrevería a presentar a un concurso: Los nenúfares de piedra, obteniendo el galardón del Concurso Ángel Acosta. Después de un año de rehabilitación, mi regreso a la Facultad de Derecho, y en ocasiones antes que tomar apuntes -de algunas asignaturas, evidentemente- escribía cuentos literarios, algunos de los cuales incorporé a mi primer libro, La cadena de agua y otros cuentos. A los pocos días fue cuando comencé a escribir el primer capítulo de mi novela El camarote de la memoria y obtenía el premio ex aequo -junto al buen escritor Ignacio Gaspar- del Concurso de Cuentos convocado por La Tarde por mi relato La rotura indemne. Posteriormente, entregado mucho más a escribir que a estudiar. Como clave de bóveda, el solitario oficio de escribir. Años después me editarían La mirada de plata, Proa en nieblas, Breves atajos y Línea de naufragio (ahora publicada por Izana Editores, Madrid), a presentar el día 30 de este mes en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, mientras aguarda un libro de relatos y dos novelas inéditas.

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