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Tribuna abierta

Las máscaras del pájaro rojo

22.10.2015 | 02:00

H ace unos días acabé de leer Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo (Ediciones Vitruvio, 2015), el primer libro de la poeta gallega residente en Gran Canaria María José Vidal Prado. Largo título y extraño por cuanto usa la palabra historia para un libro de poemas. Siempre recuerdo con respecto a esto la distinción que Aristóteles establecía en su Poética entre historia y poesía; pero lo que viene a decirnos el libro de María José es que la poesía también tiene su historia, puede crearla o puede inventarla empezando por los símbolos que completan el nombre del volumen: el jardín y el pájaro.

En un poema como Sin tierra, donde uno cree escuchar el eco de Yeats, la poeta nos cuenta, en una ajustadísima elegía, la noticia de su muerte como la niña que fue. "La verdadera patria del hombre es la infancia", escribió Rainer Maria Rilke, de ahí ese preciso título que María José le pone al texto, Sin tierra. Sin tierra porque, parafraseando a Leopoldo María Panero, el poeta vive en su infancia y sobrevive en la edad adulta; pero sin tierra también porque, adulto o niño, la condición del poeta es como la del judío: un exilio sin fin más allá de los muros de la ciudad. La poesía, al menos desde la expulsión platónica, es un oficio que se desarrolla extramuros, algo que habita las sombras, el no lugar; un espacio que aún necesita ser nombrado, compartido y reconocido.

Merece ser subrayada la extraordinaria economía lingüística con que la poeta escribe estos poemas donde son meditados y reescritos con extraordinaria belleza personajes como Yorick, y elementos y espacios intermedios o abandonados: la puerta, el pozo, el patio... con una presencia inexcusable de la memoria y su ácida herencia. La historia la escribe un hombre muerto cuya mano aún repta, nos dice la poeta en un texto como El narrador, para que sintamos que tal historia se parece más al Principio de Incertidumbre de Heisenberg que al ideal hegeliano de un proceso ordenado y progresivo. Ninguna fe cristiana, Dios no está "enfermo" sino bien muerto: "Ella decía que veía a Dios tocando la tierra. / Ella veía con las manos. / Pero yo, que veía con los ojos, / solo la veía a ella". El reino de la poeta sí es de este mundo, mundo herido transformado en alta poesía.

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