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Tribuna abierta

El cuerpo grita lo que la boca calla

08.10.2015 | 02:00

L a tristeza, el miedo y la ira son emociones que con frecuencia nos asustan, llegando a congelar nuestra vida, ilusiones y sueños evitando sentirlas. Incluso cuando aparecen nos sentimos aún peor por permitirles entrar a nuestra vida. Lo cierto es que no nos enseñan cómo comportarnos ante estas emociones incómodas. Seguramente a muchos en su infancia les habrán reñido por expresarlas, aprendiendo y asumiendo de esta manera que son emociones de las que avergonzarse. A nivel social, hemos etiquetado este tipo de emociones como negativas porque nos hacen sentir débiles y vulnerables cuando la realidad es que no existen emociones buenas o malas, tan solo mal gestionadas. Además, cuando hablamos de estas emociones es importante entender que hablamos de emociones necesarias para la supervivencia. Si no nos enfadáramos, seríamos incapaces de poner fin a las situaciones que nos dañan. Si no sintiéramos miedo, nuestra vida en numerosas ocasiones correría peligro y, de la misma manera, la tristeza nos ayuda a reparar las pérdidas y si no la sintiéramos no sabríamos dar ningún tipo de valor a las cosas, personas, oportunidades ni tan siquiera a nosotros mismos.

La felicidad no se basa en anular y reprimir las emociones incómodas, sino en saber aceptarlas y aprender a gestionarlas.

1. El primer paso es aprender a tolerar este tipo de emociones. Pueden ser incómodas pero no son peligrosas y estamos fisiológicamente preparados para soportarlas. Tenemos emociones agradables y otras no tan agradables pero debemos de aprender a aceptarlas como nuestras sin convertirlas en una barrera que nos impida avanzar, llegando incluso a tomar decisiones poco inteligentes con el fin de evitar que aparezcan o por vergüenza a mostrarlas.

2. Intenta ver tu emoción como tu voz interior que necesita expresarse, ser escuchada y entendida. Si intentas callarla, sentirás frustración y aparecerá el sufrimiento. Hay que abrirse a estas emociones, tomar conciencia de ellas y aceptarlas sin juzgarnos. El dolor forma parte de la vida y debemos aprender a convivir con emociones incómodas, manteniendo la calma y sin intentar evitarlas. Debemos permitirnos encontrarnos mal y no pretender estar de buen humor todos los días y, más aún, cuando tenemos un motivo para no estarlo.

3. En la misma etimología de la palabra emoción, "e" significa hacia fuera y "moción" significa movimiento. Tenemos que sacar esas emociones hacia fuera y para eso lo primero que tenemos que hacer es permitirnos sentir esa emoción y expresarla. Por ejemplo la rabia, no hay que intentar no sentirla. Debemos expresarla, por supuesto, con asertividad. No hace falta herir física o verbalmente a otro para expresar tu desacuerdo y malestar ante determinada situación.

4. Todas las emociones que no expresamos, reprimimos, negamos e ignoramos, se quedan en nuestro interior y si esto lo hacemos con frecuencia, es cuando el cuerpo habla lo que la boca calla, y empieza a manifestarse a través de patologías e, incluso, enfermedades físicas. Lo cierto es que es muchísimo mayor el desgaste físico y mental cuando intentamos reprimir las emociones que si las sintiéramos. Aunque quieras e intentes reprimirlas, no podrás lograrlo porque encontrarán su camino de otra forma (rigidez en el cuerpo, contracturas, dificultad para conciliar el sueño etc.) debido a que, en vez de proyectarlas hacia fuera, estarás proyectando hacia dentro y la energía se queda en nuestros músculos y en nuestro cuerpo.

Muy importante es comprender que una emoción incómoda debemos gastarla y no acumularla. Cuanto más fuerte es la represión, más explosiva y potente será la emoción liberada. La emoción que se queda atrapada siempre busca una salida. Así funciona la naturaleza de las emociones.

tamaraconsulta@gmail.com

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