Luz de luna

Los libros son la piel que habitamos

07.10.2015 | 14:57

T odo lo que somos lo acabamos reflejando en el día a día, desde el tipo de comida que compramos hasta la forma de relacionarnos con los demás, las palabras que dan sentido a los pensamientos y la mirada silenciosa que evalúa y juzga lo que pasa a alrededor.
Para muchos de nosotros los libros también son parte de ese engranaje vital porque en ellos evidenciamos inquietudes personales y culturales, pero además son el manto del conocimiento y el entendimiento hasta el punto de convertirse en el testamento de todo lo aprendido, el testigo mudo de éxitos y fracasos, la argamasa con la que edificamos argumentos y juicios, y el compañero de viaje con el que compartimos mochila en lugares del extranjero, dialogando cómo sería nuestra vida allí.

Sin darnos cuenta, depositamos en ellos nuestra confianza, expresada en forma de caja fuerte donde guardamos las cartas de amigos que ya no están, de la cual perdimos la combinación hasta que muchos años más tarde la encontramos por azares del propio universo.
Tumbados, recostados, aprisionados, apilados. En las estanterías de esa biblioteca particular, que ha crecido vertiginosamente, conviven todos sin rechistar ante la falta de espacio, esperando que en algún momento volvamos a acariciarlos con los ojos y leernos con las manos. Un día llega ese momento. Cogemos uno en particular para releerlo y, sin haberlo previsto, un sinfín de emociones nos dicen que ya somos mayores y que el tiempo no espera por nadie en el andén. En ese devenir nos asaltan los recuerdos como un ladrón que entra a un banco de manera desaforada con el fin de robarlo, pero sin tener un plan previo, todo de improviso. Miramos al vacío buscando respuestas, recordando tardes llenas de conversaciones y música, y noches depositando confesiones y sueños en cafeterías en las que ya solo habitan sombras. Pero volvemos a la realidad en algún instante de ese viaje sicológico, cerrándolo nuevamente y colocándolo en su sitio en la librería.

Hace unas semanas me atendió el dueño de una cafetería en Santa Cruz de Tenerife: era un chico próximo a la treintena de años, de apariencia frágil y juvenil, pero lo que me llamó la atención -me imagino que como a muchos de los que estaban allí- fueron sus brazos totalmente tatuados al más puro horror vacui del arte musulmán, una inmensa hiedra que rodeaba y aprisionaba cada uno de sus poros, prolongándose hasta los dedos en forma de un disfraz de la muerte característico del carnaval. Pensé que esa era la piel que habitaba, que cada día es lo que se encontraría al mirarse al espejo porque era lo que deseaba y lo que le hacía sentirse feliz. Por eso, no podría concebir mi vida sin estar arropado de libros con los que tanto he aprendido, las mazas con las que derribé muros que creía infranqueables, la mano que me ayudó a levantarme tras tropezar en el camino, la claridad del conocimiento y la verdad cuando otros trataron de engañarme y cegarme con falsos ideales, y el billete de avión para visitar miles de lugares donde me hice amigo de sus gentes.

A veces me detengo delante de los escaparates de las tiendas de destacadas firmas de moda tratando de buscar respuestas a por qué se pagan grandes cantidades de dinero por adquirir una prenda de vestir. Muchos se sienten seguros cuando esa otra piel se convierte en su portadora sumisa, proyectando una imagen de personas realizadas, pero también contribuyendo a formar una sociedad de clases donde habita la exclusión. La mía se ha ido curtiendo con innumerables visitas a librerías, cada vez más de segunda mano donde el ambiente que se respira es emocional y enérgico; de comparar libros ajados o ediciones raras en mercadillos dispuestos a lo largo de calles y canales de distintas ciudades europeas; de aferrarme a ellos en mi pesadilla dentro de un avión; y de saber que lo que antes fueron viajes imaginarios, en algún momento se hicieron realidad.

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