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Tribuna abierta

Los tres pilares básicos

01.10.2015 | 02:10

Educar en conocimientos, competencias y valores". La frase parece un tópico que se repite en todas las instituciones relacionadas con la educación. Sin embargo, en la Universidad Europea de Canarias trabajamos cada día porque esa coletilla institucionalizada y repetida hasta la saciedad se convierta en un principio de acción inherente a cualquier actividad propuesta por los profesores que acuden a la Casa Salazar en La Orotava.

Los conocimientos cambian cada día, o cada minuto, en esta sociedad líquida –que diría Bauman– que se desparrama nada más salir el sol por las mañanas. La solidez con la que nos habíamos asentado en nuestra realidad ficticia ha explotado por arte de no se sabe bien qué, y esos mil pedazos se han convertido en millones de gotas que permeabilizan la más resistente de las cubiertas: la de los hábitos que durante años habíamos forjado en nuestra propia sociedad. Hoy hemos superado lo rígido, y nos estamos arriesgando incluso a que el conocimiento se diluya en una liquidez inabarcable. Y aquí radica, quizás, una de las claves de la transmisión de ese conocimiento: lo que "era" ya no es, pero hay que conocer, explicar, analizar y debatir qué fue, y para qué sirvió.

La tendencia en el aprendizaje de los jóvenes nacidos a partir de los noventa, por su propia naturaleza y forma de ser, es la de olvidar lo no cercano; arriesgándose quizá a repetir fallos que los conduzcan a fracasos conocidos, y acaso olvidados. Nuestra labor como profesores de esos nuevos profesionales está, en gran medida, en no permitirles mirar sólo hacia adelante, sino también darse cuenta del valor de lo que ya hemos superado.

Y quizá sea imposible dar forma a esa transmisión de contenidos si no atendemos a las competencias de esos alumnos. Porque la visión de lo que enseñamos ya no puede ser "única", porque ya nada es "único". A cada persona se ofrecerá un desarrollo de competencias a distinto nivel. Esta es la única forma en que –se ha demostrado– se puede asimilar con éxito el conocimiento para la vida. Y, créanme no resulta nada sencillo hacerlo. De nada nos vale ya transmitir enormes bloques de información si no atendemos a las peculiaridades y competencias que nuestros receptores nos están evidenciando. En el caso de que esas capacidades se manifiesten insuficientes, es tan importante y necesario que el docente sepa motivarlas y desarrollarlas como el resultado evaluativo del total de los contenidos de los que se componen las asignaturas.

Pero quizá, lo más importante de todo es la transmisión de valores. La educación obligatoria en España, los primeros pasos de la formación reglada, hace hincapié en la necesidad de formar adultos conscientes con determinados valores que contribuirán a mejorar nuestra sociedad. La escuela es, por tanto, responsable. Tanto como la familia. Por supuesto, la universidad no puede sustraerse de esta responsabilidad para con aquellos que deciden continuar sus estudios en el ámbito de la formación superior. Es obligatorio –e higiénico– que un egresado universitario tenga presente unos valores de convivencia, de respeto, de ética profesional, que podríamos considerar mínimos, y que su asunción ni siquiera debería estar asociada a una formación académica, sino a una propia madurez como ser humano.

Y a estos, desde nuestra institución trabajamos por motivar otros que lo impulsarán en el mundo que está por venir: los de pensamiento crítico, integridad, pasión por la excelencia, responsabilidad social, un espíritu creativo y emprendedor y una visión global alejada de localismos y sectarismos. Es deber de nosotros como profesores inculcarlos cada día, con todas nuestras fuerzas, tanto dentro como fuera del aula, en el itinerario que los estudiantes de hoy, profesionales mañana, se están trazando. Lo demás es importante, esto es fundamental.

Leoncio González es profesor de Ciencias Sociales de la Universidad Europea de Canarias
@jleonciog

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