La Ciprea

Destruir la filosofía

29.09.2015 | 02:00

Es la consigna. Desde hace años la idea de destruir la filosofía como asignatura obligatoria del bachillerato alegando que no es indispensable en la formación de los jóvenes; que es innecesaria, anticuada, inútil, etc., ha ido calando en el espíritu de nuestros próceres y de algunos pedagogos al servicio de un estado al que poco importan las humanidades. Los países desarrollados la colocan por encima de las demás materias de conocimiento. Por encima de las matemáticas y otras ciencias. No andan descaminados, pues de nada sirven los conocimientos si no van unidos a la explicación de su existencia. Todo tiene su razón de ser y estar al tanto de ese origen, su justificación, sus posibles causas y fines, es el principio de nuestra necesidad de saber la verdad sobre el mundo que nos rodea y sobre nosotros mismos.

Ni los números ni las más avanzadas tecnologías nos darán una demostración que pueda satisfacernos. Debemos indagar, averiguar la verdad, la esencia, la razón de existir de aquello que forma parte de nuestro universo. Y eso solo puede suceder a partir de una búsqueda que nace del deseo insaciable de saber que caracteriza al ser humano. La ciencia nos las da, es cierto, pero no todas. La filosofía es la que lo intenta siglo tras siglo. La humanidad, gracias a ese amor al conocimiento, a ese afán por encontrar la verdad sobre la vida y la muerte, sobre el comportamiento de la naturaleza y de los seres vivos, sobre las dudas y creencias que al ser humano acompañan, ha sido la gran curiosa y la que ha puesto sus esperanzas en aquellos que dedicaron su vida a la búsqueda de argumentos que apaciguaran sus deseos de conocer. Silenciar esas voces no servirá de mucho. Siempre existirán hombres y mujeres cuyo interés consistirá en hallar una respuesta a tantas interrogaciones.

Eso es lo lógico en la verdadera educación: enseñar el camino por el que encontrar esas respuestas y obligarnos a pensar, a dialogar y a debatir para llegar a descubrirlas, cosa que han hecho los filósofos durante siglos. Buscar la posibilidad de un mundo mejor, soñar con él, construirlo, es la meta. El miedo a que sepamos más, a que dudemos sobre lo divino y lo humano, a que podamos descubrir de lo que somos capaces, es lo que lleva a nuestros dirigentes a cancelar una puerta por donde esas verdades puedan filtrase un día poniendo en peligro sus vidas y su hacienda. La consigna es muy clara: que no piensen y así no pedirán lo que no queremos darles. Matar a los pensadores es eliminar la luz que ellos derramaron sobre nuestras almas en sombra. Y que siga creciendo la oscuridad.

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