Luz de luna

Las cartas que ya no escribimos

23.09.2015 | 02:20

Crecimos escuchando historias de familiares y vecinos que emigraron a otros países, llevándose toda su juventud dentro de una maleta y los recuerdos en forma de imágenes almacenados con nostalgia a sabiendas que no volverían; reivindicamos año tras año la necesidad de aprender a leer y escribir como base para opinar y formarnos un espíritu crítico, alcanzando la libertad para ir mucho más allá de lo que otros nos contaban; y nos enteramos -y fuimos a su vez partícipes- de noticias directamente relacionadas con nuestra vida cotidiana.

Todas estas situaciones y otras muchas miles han estado siempre directamente relacionadas con esas piezas de museo llamadas cartas postales, un trozo de papel como forma de comunicación no verbal que lo mismo creaban ilusiones que nos hundía en la miseria y el fracaso, generando las expectativas oportunas en el momento en que leíamos el remitente, a la vez que nos daban la sensación de sentirnos importantes porque teníamos a nuestro alcance una información que los demás envidiaban.

Una mañana nos despertamos y la tecnología lo había devorado todo: las comunicaciones ya eran infinitamente más rápidas y universales, y el tiempo ya no se medía por años de luto, meses de espera, semanas de ausencia o ecos de esas noticias que otros traían, sino por segundos a través de la Red, y surgió la necesidad de tener en todo momento un teléfono móvil en las manos como si fuese el verdadero cordón umbilical que nos une a este mundo. Entonces, también perdimos gran parte de la sensibilidad, sin valorar el poder de un papel y un lápiz, el peso de las palabras a medida que las dejábamos plasmadas en él y la necesidad de conocer nuestra propia grafía como proyección de la personalidad.

Las cartas claudicaron ante el correo electrónico y los mensajes instantáneos vía Internet hasta provocar que se convirtiesen en algo tan trivial que abrir el buzón de correos supusiese un pesado lastre, una caja de Pandora en la cual solo encontraríamos infinidad de acuciantes facturas y propaganda política.

Ya casi nadie las escribe porque se considera que son retrógradas, inservibles e innecesarias. A la par, se han convertido en objeto de culto para coleccionistas y anticuarios, que engañan a ancianos para arrebatárselas de cajitas de latón donde las guardan como un tesoro porque en ellas pervive el viento de otoño que transportaba el perfume de la mujer a la que nunca se pudo amar, la desgracia de la muerte de un hijo o las vanas promesas del emigrante que insistía en que pronto se reuniría con su familia, un guiño al pasado cuando leer y escribir no estaba al alcance de todos y la esperanza y la añoranza se peleaban a la luz de una vela a medida que alguien hacía el favor de narrarles su contenido, al que no podían acceder debido a su analfabetismo. Para ellos palparlas o simplemente saber que aún están colocadas en el fondo del armario es traer a la memoria la reminiscencia de los que se fueron, como si en aquel trozo de celulosa estuviese presente su esencia y la muestra de que, tarde o temprano, se reunirán con ellos.

Todos perdimos amigos con el final de las cartas, dejamos de asociar el término "correo" con la llegada de noticias y nos perdimos en el mundo virtual con nuestras vivencias y anhelos sin necesidad de recuperarlas. Algún día, cuando seamos mayores, iremos con nuestros nietos a un museo o un archivo y trataremos de explicarles qué eran y suponían aquellas, pero dudo mucho que lo entiendan, lo mismo que el sentido del tiempo referido y lo que su recepción y lectura implicaban mental y emocionalmente, aunque a lo mejor no hay necesidad de hacerlo porque el papel ya tampoco existirá.

Francisco Javier León Álvarez es licenciado en Geografía e Historia

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