La Ciprea

Los toros lanceados en la madre patria

22.09.2015 | 01:10

Es un toro lanceado. Únicamente eso. Una pobre bestia extendida por un mapamundi despatarrado y abierto en canal para gozo de viejas alcahuetas que disfrutan con el mal olor de los animales muertos no importa de qué especie sean. Y mientras en España lancean a un toro del que hablo y escribo cada año estas notas malheridas, Europa mira recostada en una esquina del planeta cómo mueren toros y niños lanceados por la guerra y el hambre. Europa sonríe, puta vieja y desdentada, cómo desde Siria su presidente le lanza directas a la mandíbula tachándola de cooperacionista con los terroristas (ese tío me da escalofríos y cada vez que abre la boca me vomito a propósito).

Europa sonríe viéndolas venir mientras continúa rechazando a sus propios hijos, escondiendo sus cadáveres debajo de las alfombras y cortinas drapeadas confeccionadas por expertos en siglos pasados. Y España, mientras una parte baila sardanas sobre escudos y banderas de colores y se divierte destripando animales en nombre de las tradiciones y la cultura, la otra se va de viaje a Estados Unidos para enseñarle las enaguas a Obama.

Mientras tanto, aquí, en el propio territorio nacional, se lancean toros, se cierran playas, se inundan avenidas mal hechas con materiales innobles elegidos al azar para riqueza de algunos y desgracia de todos que los ríos solo se desbordan para unos pocos, que los que hacen mal las carreteras y los aeropuertos a esos nunca les coge la riada; que los afamados arquitectos ya no están cuando se derrumban sus obras y monumentos y pillan al descuido a agricultores, ganaderos y adolescentes en feria. Mueren los toros y extendemos sus pieles por el suelo patrio como un tributo de muerte de los señoritos y gañanes de tronío que ya no tienen viajes que hacer a otros mundos donde era fácil ensartar indios y comadrejas. Que de aquellos señoritos de Valladolid que embarcaban rumbo a las Indias y otras islas del Atlántico para secuestrar aborígenes que traerse a la corte, ya solo quedan estos restos que se divierten ensartando toros a caballo para mayor deslumbramiento de damas virginales. Y los reyes que en otro tiempo los
recibían con galardones por su bravura en las justas matahombres, hoy andan de parranda política en cenas con bistec de búfalo y aguardiente del lejano oeste.

(Desvaríos míos son estas palabras nacidas del dolor frente a las imágenes que pasan a toda velocidad por delante de mis ojos. Y ya saben, mis comentarios algo ácidos siempre al hilo de los telediarios y opiniones de la prensa. Que una ya no tiene estómago para tanta sangre por un lado y tanto pasteleo de reinas y damas de honor, por otro).

Elsa López es escritora

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